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jueves, 9 de junio de 2016

La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber. Comentario

"Institucionalización de las prácticas y creencias calvinistas en el seno de las clases dominantes de la Europa septentrional." (en la cita de Turner)
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Comentario a partir de "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" de Max Weber

¿Qué tiene que ver el capitalismo con el protestantismo? Max Weber, el fundador de la sociología moderna, demostró en su ensayo sobre el origen del capitalismo, que existe un nexo causal entre el éxito económico y la religión.

En cada moneda y en cada billete de dólar estadounidense figura una inscripción: In God we trust (“en Dios confiamos”). La fe divina en el poder del dinero tiene sus razones. En las sociedades modernas, la economía se ha convertido en la heredera de la religión. El dinero ha sustituido a Dios. Este reemplazo funciona con menos fricción de lo que podría suponerse, porque Dios y el dinero tienen algo en común: ambos son símbolos universales.

El dinero puede, como Dios, dotar de sentido a todo. El dinero es prácticamente inagotable como portador simbólico de significado, igual que Dios. Aquél que posea demasiado dinero o muy poco sabe que el dinero es más que la mera suma de las cantidades que figuran en cada billete. El dinero no conoce fronteras: el dinero rige el mundo sin detenerse en consideraciones sobre el clima, la cultura, la nación o el sexo, y así llega- como Dios- a todo y a todos. Según las concepciones medieval y moderna del mundo, toda la creación se conectaba mediante un entramado infinito de conexiones horizontales y verticales; hoy son los mercados internacionales los que cumplen esa función.

Con el comienzo de la Edad Moderna surge un competidor para la Iglesia. La comunidad de salvación moderna se denomina economía. No reparte hostias pero, a cambio, pone monedas en circulación. Están impresas por ambos lados, igual que las hostias, y su valor material es, en sí mismo, insignificante, pero adquieren otra entidad cuando la autoridad que las ha repartido (un cura o un banco) las dota de un valor simbólico.

Después de que la economía se convirtiera en la heredera de la religión, también ocupó sus espacios. En la literatura, la comparación de bancos y bolsas con iglesias es un recurso habitual, por ejemplo, el pensador francés Voltaire propuso dirimir las controversias confesionales en la bolsa de Londres; el poeta alemán Heine declaró que en la bolsa parisina, el ministro de finanzas era adorado como un dios y el escritor británico Samuel Butler relató en su novela utópica Erewhon una visita a un “banco”: en una gran plaza hay un edificio antiguo, su imponente entrada y las altas torres suscitan un profundo respeto y reverencia, un coro de niños canta en una estancia lateral y los vitrales de colores representan escenas de la historia del banco ( El curioso nombre de la novela se debe a la transposición de las letras de la palabra Nowhere- en ningún lugar, en inglés- leídas al revés)

Los apóstatas de la economía son los que quedan en bancarrota. Los siete pecados capitales son sustituidos por uno solo: la pobreza. La penitencia se cumple en un infierno terrenal: los asilos, los barrios marginales o las fábricas que explotan a los obreros.

Las precursoras del fin de la preeminencia de la religión en beneficio de la economía fueron las primeras sectas protestantes. El católico va a la iglesia. El protestante va a trabajar. El católico santifica el domingo. El protestante santifica el día de labor. El católico practica el ascetismo y la beneficencia. El protestante e convierte en un adicto al trabajo y practica el ahorro. Los santos de la Iglesia Católica viven en el reino de los cielos e interceden ante Dios por los habitantes de la tierra. Los santos del Protestantismo habitan este mundo y fundan empresas multinacionales en el transcurso de una generación.

¿Qué tiene que ver el capitalismo con el protestantismo? ¿Por qué en el siglo XVII la economía floreció en dos países protestantes, Inglaterra y los Países Bajos? ¿A qué se debe que al mismo tiempo aconteciera la decadencia económica de España, una potencia católica? ¿Por qué todas las grandes historias de éxito referentes a la conquista de una enorme fortuna en una sola generación- el cuento del lavaplatos que llega a convertirse en millonario- proceden del país del puritanismo austero, los Estados Unidos? ¿ Tiene nuestra herencia cultural católica algo que ver con nuestro subdesarrollo económico?

Max Weber, el fundador de la sociología moderna, demostró en su ensayo sobre el origen del capitalismo, que existe un nexo causal entre el éxito económico y la religión. Afirmó que el moderno hombre profesional es un producto el protestantismo, más exactamente una consecuencia de las enseñanzas del reformador protestante Calvino. Para la doctrina calvinista, el trabajo equivalía al servicio al Señor. “Hazte rico para Dios, pero no para llevar una vida lujosa” era la prescripción de las sectas puritanas. Éstas eran las ramas radicales, como los presbiterianos angloamericanos, bautistas, cuáqueros y metodistas. Y como la riqueza sólo era agradable a los ojos de Dios por ser producto de un duro trabajo y no cuando se usaba para el disfrute, dos de las más altas virtudes de la ética puritana fueron la laboriosidad y el ahorro. Incidentalmente se inventaba el capitalismo.

De acuerdo con el austero concepto moral de los puritanos, uno trabaja para trabajar. No por haber ganado dinero suficiente para llevar una existencia acomodada podría uno dejar de trabajar. La utilidad del trabajo no radica en la satisfacción de las necesidades; en un planteamiento ideal, el trabajo está completamente disociado de aquello que se podría realizar con sus frutos. El empresario puritano inglés o estadounidense del siglo XVII subordinaba toda su vida al trabajo. Así, el negocio florecía, pero la vida privada resultaba insípida. Consecuentemente, en la casa de un empresario puritano no sólo se realizaba sin placer la multiplicación del capital, sino también la de la descendencia. La mayor incitación a la lujuria debía ser resuelta con la cabeza fría y con el pensamiento centrado exclusivamente en su finalidad.

¿De dónde procede esta excesiva valoración del trabajo de los puritanos? En el núcleo de la doctrina de Calvino y sus sucesores se sitúa la predestinación. Este concepto partía del siguiente enunciado: Dios, en su insondable sabiduría, ha predestinado quién se condenará y quién se salvará. Nada puede cambiar la decisión divina una vez que está tomada, ninguna obra, ningún sacramento. Los calvinistas carecían de iglesia oficial y de privilegiados intermediarios ante Dios a los que dirigirse en busca de apoyo espiritual. El individuo no podía acudir a ninguna parte para averiguar si pertenecía a los escogidos o a los condenados aunque, en cualquier caso, tampoco hubiera podido modificar la resolución divina. El dios de los calvinistas era lejano, inmisericorde e insobornable.

A la larga, la doctrina calvinista resultó insoportable para los creyentes, como es natural. Los sucesores de Calvino se esforzaron por aliviar su suerte. Con una lógica bastante flexible, declararon que era ciertamente posible reconocer en uno mismo los signos el estado de gracia, atendiendo a su manera de vivir. Sin embargo, el puritano piadoso debía evitar dar la impresión de querer sobornar a Dios con buenas obras, ya que éstas podían desvirtuarse por carencias morales ( aunque también podía arrepentirse)

De esta forma, la vida cotidiana estaba completamente regulada por preceptos religiosos. Consistía en una permanente vigilancia sobre uno mismo, autodisciplina y renuncias. Max Weber acuñó, para definirla, el concepto de “ascetimo intramundano”. Con este término quería expresar que la austeridad del calvinismo imponía una existencia monacal en el mundo profesional. La vida profesional se subordinaba a una vida metódica (de ahí la denominación “metodistas”) En nuestros días, todos aquellos que siguen un horario regulado de trabajo en su jornada laboral viven un cierto tipo de ascetimo intramundano. También la aseveración de Franklin de que “el tiempo es oro” procede del “espíritu del capitalismo”. Hoy se llama “gestión de tiempo” y se sumen lo costes necesarios, entre ellos, la contratación de asesores empresariales para enseñar a los empleados cómo se organizan los procesos laborales más eficientes.

La idea de trasladar la confirmación de la bondad ante Dios de los muros de los conventos a la cotidianidad surge con Lutero. En el oficio de cada uno vio Lutero el designio divino también, ya que la ocupación mantenía al creyente dentro de los marcos de sus propias limitaciones. El calvinismo radicalizó la idea de la profesión, considerándola el signo de la sobresaliente calidad moral de cada uno. Las pérdidas empresariales constituían un grave oprobio moral. En este mismo sentido, Robinson Crusoe, la novela de Daniel Defoe, establece una relación entre deudas y culpa.

Lo que resultaba fantástico de esta revaloración moral de la profesión es que la obtención de ganancias no iba acompañada de remordimientos. La fe católica consideraba el enriquecimiento personal como un pecado y, aunque se producía constantemente, traía aparejado el cargo de conciencia. Los puritanos no se enfrentaban a estos problemas cuando acumulaban más y más; muy por el contrario, era una señal segura de pertenencia al grupo de los elegidos siempre que se observara la ley y no se dilapidaba el dinero, sino que se ahorraba para ser más ricos por la gloria de Dios.

Weber concluye así que el origen del capitalismo se basa en la ética del calvinismo. Dado que los puritanos no necesitaban gastar su dinero en vistosos vestidos nuevos y nunca celebraban fiestas lujosas, fueron los primeros ricos de la historia que realmente acumularon un capital para invertir en colegios y universidades pero, sobre todo, en nuevas tecnologías, alentando el establecimiento de manufacturas en el siglo XVIII, las fábricas del siglo XIX y los conglomerados multinacionales en el siglo XX.
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Noticia Biográfica - Max Weber: 

Sociólogo alemán (Erfurt, Prusia, 1864 - Múnich, Baviera, 1920), hijo de un jurista y político destacado del Partido Liberal Nacional en la época de Otto von Bismarck que estudió en las universidades de Heidelberg, Berlín y Gotinga, y que se interesó especialmente por el Derecho, la Historia y la Economía. 

Sus primeras investigaciones versaron sobre temas económicos, algunas de ellas realizadas por cuenta de los intelectuales reformistas conocidos como «socialistas de cátedra». 

Desde 1893, fue catedrático en varias universidades alemanas, fundamentalmente en Heidelberg, salvo los años 1898-1906 en que, aquejado de fuertes depresiones, dejó la enseñanza para dedicarse a viajar y a investigar. 

En 1909, fundó la Asociación Sociológica Alemana, convirtiéndose en un gran renovador de las ciencias sociales en varios aspectos, incluyendo los de tipo metodológico: a diferencia de los precursores de la sociología, Weber comprendió que el método de estas disciplinas no podía ser una mera imitación de los empleados por las ciencias físicas y naturales, dado que en los asuntos sociales intervienen individuos con conciencia, voluntad e intenciones que es preciso comprender. Propuso el método de los `tipos ideales`, categorías subjetivas que describen la intencionalidad de los agentes sociales mediante casos extremos, puros y exentos de ambigüedad, aunque tales casos no se hayan dado nunca en la realidad. 

Weber puso, así, los fundamentos del método de trabajo de la sociología moderna -y de todas las ciencias sociales- a base de construir modelos teóricos que centren el análisis y la discusión sobre conceptos rigurosos. 

El primer fruto de la aplicación de este método fue la obra de Weber sobre `La ética protestante y el espíritu del capitalismo` (1905), trabajando sobre los tipos ideales del «burgués», la «ética protestante» y el «capitalismo industrial». Con ello, estudió la moral que proponían algunas sectas calvinistas de los siglos XVI y XVII para mostrar que la reforma protestante habría creado en algunos países occidentales una cultura social más favorable al desarrollo económico capitalista que la predominante en los países católicos.

miércoles, 24 de febrero de 2016

EL GOLEM (1958), de Jorge Luis Borges (1899-1986)

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de 'rosa' está la rosa
y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores
y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
"esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga."
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. '¿Cómo' (se dijo)
'pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?'

'¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?'

En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?
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Para escuchar, introducción y recitado por Borges:

https://www.youtube.com/watch?v=oLeict7FFKo
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miércoles, 2 de septiembre de 2015

El coraje de Ayn Rand. Por Marcos Aguinis

© La Nacion. Miércoles 04 de mayo de 2011.

Ayn Rand fue valiente y franca, original y seductora. No tuvo razón en todo y es probable que haya resbalado en varios puntos.
Pero ... nunca dejó que la mareasen los elogios.
"Un seguidor a ciegas es precisamente lo que mi filosofía condena y yo rechazo"


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Parece haberlo escrito para los argentinos de hoy. Solicito leer sus frases con la mente abierta, sin prejuicios. Dice: "Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes no trafican bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un inútil sacrificio, entonces podrá reconocer que esa sociedad está condenada".

Ayn Rand nació en San Petersburgo en 1905 y falleció en Nueva York hace casi tres décadas. Su verdadero nombre fue Alisa Zinovievna Rosenbaum. Desde pequeña evidenció una decidida vocación literaria, porque a los siete años empezó a borronear novelas y guiones para el cine recién nacido. Se apasionó por las obras de Victor Hugo y demás escritores románticos que, al mismo tiempo, denunciaban injusticias. Estudió filosofía e historia en la Universidad de San Petersburgo. Descubrió a Nietzsche y su exaltación por lo heroico. Se mantuvo prendada de la Lógica de Aristóteles durante toda su vida. A los 21 años, consiguió un visado para viajar a los Estados Unidos, porque deseaba proseguir su carrera de guionista. Atrás dejaba una Rusia ensangrentada y confundida, donde los ideales se iban transformando en una dictadura hipócrita.

Sus obras produjeron conmoción y se expandieron como fertilizantes. Para muchos, sin embargo, sólo contenían errores y veneno. Su libro mayor se titula La rebelión de Atlas ( Atlas shrugged ), extensa novela dotada de fluidez y suspenso. Sin embargo, también generó odios. Porque ella y todas sus obras tenían una coherencia que iba contra la corriente dominante.

En efecto, las frases con las que he comenzado este artículo sólo muestran claridad y contundencia. Decía lo que pensaba, aunque cayese mal. Formó escuela y tuvo cadenas de admiradores y no menos largas cadenas de detractores.

Apenas llegada a los Estados Unidos, fascinó a Cecil B. DeMille, que la introdujo en el cine e incorporó como actriz en Rey de Reyes . Desde entonces se empeñó en redactar guiones y novelas. "Decidí ser escritora desde niña, y todo lo que he hecho se ha circunscripto a tal propósito."

En sus obras suelen destacarse las personas que se esfuerzan por lograr lo mejor de sí mismas, y cuya independencia las pone en conflicto con el hombre-masa, con el hombre sometido. De ahí que haya detestado las propuestas colectivistas, en las que cada persona se disuelve, se torna irresponsable, excesivamente obediente, autómata, manipulable. De ahí también su denuncia contra quienes no trabajan de verdad y se aprovechan de quienes sí lo hacen (se refería a políticos, dirigentes sindicales y líderes hipócritas). Abominaba de los ladrones y falsarios. Consideraba que cada ser humano es sagrado, pero debe hacer honor a esa sacralidad mediante la actividad honesta y la independencia de ideas.

En 1936 publicó Los que vivimos, donde narra la vida dramática de una mujer de espíritu indómito bajo un régimen autoritario. "Es lo más parecido a mi autobiografía", confesó. La obra no fue bien recibida inicialmente porque reinaba la Gran Depresión. Aumentaba la popularidad de las corrientes comunistas, que ella calificó como un remedio que asesina al paciente. Lo había visto y experimentado en carne propia. Lo curioso del caso es que, sin el permiso de la autora, Benito Mussolini ordenó filmar en 1942 dos películas basadas en esa novela: Noi vivi y Addio, Kira . Era un intento de propaganda antisoviética. Pero los nazis advirtieron el ingenuo error, se enfurecieron y exigieron que de inmediato fueran retiradas de las carteleras. Habían comprendido que el mensaje de Ayn Rand no era sólo antisoviético, sino crudamente antitotalitario.

La fama de esta autora se desplegó con más fuerza al publicar El manantial . Era una novela que le llevó siete años de trabajo y fue rechazada por 12 editoriales, hasta que en una de ellas un joven le espetó a su jefe: "Si éste no es un libro adecuado para usted, entonces yo tampoco debo trabajar más aquí". Luego las editoriales se disputaron su pluma. Hasta que produjo un libro de inusitada extensión: las mil doscientas páginas de La rebelión de Atlas.

En la década de los 80 la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos hizo una encuesta sobre el libro que mayor influencia había tenido en la vida de muchos lectores. El primer lugar fue adjudicado a la Biblia y el segundo, a La rebelión de Atlas . Esta larga novela hace coincidir a quienes adoran y quienes aborrecen a Ayn Rand, para decir que es una obra temeraria y poderosa. Enfrenta sin rodeos las ideas estatistas que habían empezado a imperar en el mundo. Narra la decadencia de los Estados Unidos como consecuencia de un excesivo intervencionismo, "ineficiente y corrupto en la mayoría de los casos". Pese a que fue escrita entre los años 1946 y 1957, la novela parece un anticipo de la decadencia socioeconómica que fue hundiendo a la mayoría de los países latinoamericanos. Sin temor a las críticas, esa obra divide la composición social de un país en dos clases, que no corresponden a las clases hasta entonces identificadas por la historia, la política y la sociología. Esas dos clases son la de los "saqueadores" y la de los "no saqueadores". Los "saqueadores" están representados por quienes piensan que toda actividad económica debe ser regulada y estar sometida a una fuerte dirección gubernamental. Los "no saqueadores", en cambio, son emprendedores e intelectuales que se inclinan por la solución contraria. Desde esa base es fácil comprender el párrafo que escribí al comienzo: "Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes no trafican bienes, sino favores; [...] cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un inútil sacrificio, entonces podrá reconocer que esa sociedad está condenada".

La hipertrofia y corrupción estatal (a menudo manejada por dictadores, dictadorzuelos o simples autoritarios) le han comenzado a dar la razón. Incluso en países donde esto era inimaginable, como la Cuba de los Castro.

Ella quería un Estado pequeño, eficaz y transparente, que ayude a la fisiología social. Pero condenaba a los extremistas libertarios: son "hippies de derecha", decía. El Estado, reducido a límites legales, racionales y beneficiosos de verdad, es positivo. Pero el Estado omnipresente es fascismo. La proclama fascista fue categórica e inolvidable: "Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado".

La franqueza y audacia de Ayn Rand produjeron temblores. Por ejemplo, defendía el derecho a distribuir -entre adultos- cualquier tipo de texto o medio audiovisual, incluida la propaganda nazi, comunista o la pornografía (que aborrecía, por considerarla un atentado contra la sexualidad y el buen gusto). Sostenía que "las ideas no delinquen", y que sólo se debían castigar los actos delictivos. Afirmaba que cualquier intento de que el Estado limitase la expresión de ideas "erróneas", "equivocadas" o "peligrosas" sólo podía conducir a una censura total.

Las obras de Rand fueron denostadas al principio, como ya señalé. Molestaba su audacia. Sonaban como demoledoras de tradiciones y culturas. Pero quien no compartió esa opinión fue el público, que las convirtió en duraderos best sellers de numerosos países. Los expertos en literatura inglesa pretendieron ignorarla durante décadas. Igual sucedió con economistas, sociólogos y políticos. Fue calificada de egoísta e insensible. Pero el gran crítico literario Harold Bloom encontró a su obra lo suficientemente significativa para incluirla en su respetada antología American Women Fiction Writers.

Ayn Rand fue valiente y franca, original y seductora. No tuvo razón en todo y es probable que haya resbalado en varios puntos. Pero su mérito es indiscutible: dijo lo que muchos no se atrevían a manifestar y nunca dejó que la mareasen los elogios. "Un seguidor a ciegas es precisamente lo que mi filosofía condena y yo rechazo", afirmó.

jueves, 9 de enero de 2014

YA NO SÉ QUÉ HACER CONMIGO - CUARTETO DE NOS

Escuche esto en la radio. Seguro q es "vieja"
Pero me resultó "postmoderna" (,)
Así q acá va:



"Ya no sé qué hacer conmigo" 
(2006) Cuarteto de Nos (Uruguay)



Ya tuve que ir obligado a misa,
Ya toqué en el piano "Para Elisa"
Ya aprendí a falsear mi sonrisa, 
Ya caminé por la cornisa

Ya cambié de lugar mi cama, 
Ya hice comedia, Ya hice drama.
Fui concreto y me fui por las ramas, 
Ya me hice el bueno y tuve mala fama

Ya fui ético y fui errático, 
Ya fui escéptico y fui fanático 
Ya fui abúlico y fui metódico, 
Ya fui púdico fui caótico

Ya leí Arthur Conan Doyle, 
Ya me pasé de nafta a gasoil 
Ya leí a Breton y a Molière, 
Ya dormí en colchón y en sommier

Ya me cambié el pelo de color, 
Ya estuve en contra y estuve a favor 
Lo que me daba placer ahora me da dolor, 
Ya estuve al otro lado del mostrador

Y oigo una voz que dice sin razón:
"Vos siempre cambiando 
Ya no cambias más" 
Y yo estoy cada vez más igual, 
Ya no sé qué hacer conmigo

Ya me ahogué en un vaso de agua, 
Ya planté café en Nicaragua
Ya me fui a probar suerte a USA, 
Ya jugué a la ruleta rusa

Ya creí en los marcianos, 
Ya fui ovo-lacto vegetariano, sano.
Fui quieto y fui gitano.
Ya estuve tranqui y estuve hasta las manos

Hice un curso de mitología 
Pero de mí los dioses se reían 
Orfebrería la salvé raspando, 
Y ritmología aquí la estoy aplicando

Ya probé, 
Ya fumé, 
Ya tomé, 
Ya dejé, 
Ya firmé, 
Ya viajé, 
Ya pegué, 
Ya sufrí, 
Ya eludí, 
Ya huí, 
Ya asumí, 
Ya me fui, 
Ya volví, 
Ya fingí, 
Ya mentí

Y entre tantas falsedades, 
muchas de mis mentiras ya son verdades.
Hice fácil las adversidades, 
y me compliqué en las nimiedades 

Y oigo una voz que dice sin razón:
"Vos siempre cambiando 
Ya no cambias más" 
Y yo estoy cada vez más igual, 
Ya no sé qué hacer conmigo 

Ya me hice un lifting, 
me puse un piercing, 
fui a ver al Dream Team y no hubo feeling 
me tatué al Ché en una nalga, 
arriba de "mami" para que no se salga

Ya me reí y me importó un bledo, 
de cosas y gente que ahora me dan miedo 
Ayuné por causas al pedo, 
Ya me empaché con pollo al spiedo

Ya fui al psicólogo, 
fui al teólogo, 
fui al astrólogo, 
fui al enólogo 
Ya fui alcohólico y fui lambeta, 
Ya fui anónimo y ya hice dieta

Ya lancé piedras y escupitajos, 
al lugar donde ahora trabajo 
y mi legajo cuenta a destajo, 
que me porté bien y que armé relajo.

Y oigo una voz que dice sin razón:
"Vos siempre cambiando 
Ya no cambias más" 
Y yo estoy cada vez más igual, 


Ya no sé qué hacer conmigo.

jueves, 14 de noviembre de 2013

UTOPÍA - SERRAT JOÁN MANUEL

"Sin utopía la vida sería 
un ensayo para la muerte." 



http://www.youtube.com/watch?v=-b0m4u-raKQ

Se echó al monte la utopía
perseguida por lebreles que se criaron
en sus rodillas
y que al no poder seguir su paso, la traicionaron;
y hoy, funcionarios
del negociado de sueños dentro de un orden
son partidarios
de capar al cochino para que engorde.

¡Ay! Utopía,
cabalgadura
que nos vuelve gigantes en miniatura.
¡Ay! ¡Ay, Utopía,
dulce como el pan nuestro
de cada día!

Quieren prender a la aurora
porque llena la cabeza de pajaritos;
embaucadora
que encandila a los ilusos y a los benditos;
por hechicera
que hace que el ciego vea y el mudo hable;
por subversiva
de lo que está mandado, mande quien mande.

¡Ay! Utopía,
incorregible
que no tiene bastante con lo posible.
¡Ay! ¡Ay, Utopía
que levanta huracanes
de rebeldía!

Quieren ponerle cadenas
Pero, ¿quién es quien le pone puertas al monte?
No pases pena,
que antes que lleguen los perros, será un buen hombre
el que la encuentre
y la cuide hasta que lleguen mejores días.
Sin utopía
la vida sería un ensayo para la muerte.

¡Ay! Utopía,
cómo te quiero
porque les alborotas el gallinero.
¡Ay! ¡Ay, Utopía,
que alumbras los candiles
del nuevo día!

lunes, 8 de abril de 2013

UN MÉTODO FILOSÓFICO - DELEUZE GILLES


Deleuze, Gilles: (18-1-1925/ suicidio 4-11-1995) fue un filósofo francés, considerado entre los más importantes e influyentes del siglo XX.
En sus últimos años de vida, Deleuze sufrió de una grave insuficiencia respiratoria. Se quitó la vida lanzándose al vacío por una ventana de su apartamento en la Avenue Niel.
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Un método filosófico... o ¿Cómo pervertir la filosofía?

"Pertenezco a una generación, a una de las últimas generaciones que han sido más o menos asesinadas por la historia de la filosofía. La historia de la filosofía ejerce, en el seno de la filosofía, una evidente función represiva, es el Edipo propiamente filosófico: “No osarás hablar en tu propio nombre hasta que no hayas leído esto y aquello, y esto sobre aquello y aquello sobre esto.” De mi generación, algunos no consiguieron liberarse, otros sí: inventaron sus propios métodos y reglas nuevas, un tono diferente. Pero yo, durante mucho tiempo, “hice” historia de la filosofía, me dediqué a leer sobre tal o cual autor. Pero me concedía mis compensaciones, y ello de modos diversos: por de pronto, prefiriendo aquellos autores que se oponían a la tradición racionalista de esta historia (hay para mí un vínculo secreto entre Lucrecio, Hume, Spinoza o Nietzsche, un vínculo constituido por la crítica de lo negativo, la cultura de la alegría, el odio a la interioridad, la exterioridad de las fuerzas y las relaciones, la denuncia del poder, etc.). Lo que yo más detestaba era el hegelianismo y la dialéctica. Mi libro sobre Kant es muy distinto, y le tengo gran aprecio: lo escribí como un libro acerca de un enemigo cuyo funcionamiento deseaba mostrar, cuyos engranajes quería poner al descubierto –tribunal de la Razón, uso mesurado de las facultades, sumisión tanto más hipócrita por cuanto nos confiere el título de legisladores–. Pero, ante todo, el modo de liberarme que utilizaba en aquella época consistía, según creo, en concebir la historia de la filosofía como una especie de sodomía o, dicho de otra manera, de inmaculada concepción. Me imaginaba acercándome a un autor por la espalda y dejándole embarazado de una criatura que, siendo suya, sería sin embargo monstruosa. Era muy importante que el hijo fuera suyo, pues era preciso que el autor dijese efectivamente todo aquello que yo le hacía decir; pero era igualmente necesario que se tratase de una criatura monstruosa, pues había que pasar por toda clase de descentramientos, deslizamientos quebrantamientos y emisiones secretas, que me causaron gran placer. Mi libro sobre Bergson es, para mí, ejemplar en este género. Hoy, muchos se dedican a reprocharme incluso el hecho de haber escrito sobre Bergson. No conocen suficientemente la historia. No saben hasta qué punto Bergson, al principio, concentró a su alrededor todos los odios de la Universidad francesa, y hasta qué punto sirvió de lugar de encuentro a toda clase de locos y marginales mundanos y trasmundanos. Poco importa si esto sucedió a pesar suyo o no.
Fue Nietzsche, a quien leí tarde, el que me sacó de todo aquello. Porque es imposible intentar con él semejante tratamiento. Es él quien te hace hijos a tus espaldas. Despierta un placer perverso (placer que nunca Marx ni Freud han inspirado a nadie, antes bien todo lo contrario): el placer que cada uno puede experimentar diciendo cosas simples en su propio nombre, hablando de afectos, intensidades, experiencias, experimentaciones. Es curioso lo de decir algo en nombre propio, porque no se habla en nombre propio cuando uno se considera como un yo, una persona o un sujeto. Al contrario, un individuo adquiere un auténtico nombre propio al término del más grave proceso de despersonalización, cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan enteramente, a las intensidades que le recorren. El nombre como aprehensión instantánea de tal multiplicidad intensiva es lo contrario de la despersonalización producida por la historia de la filosofía, es una despersonalización de amor y no de sumisión. Se habla desde el fondo de lo que no se conoce, desde el fondo del propio subdesarrollo. Uno se ha convertido entonces en un conjunto de singularidades libres, nombres y apellidos, uñas, cosas, animales y pequeños acontecimientos: lo contrario de una vedette. Fue así como yo empecé a escribir libros en este registro de vagabundeo, Diferencia y repetición y Lógica del sentido. No me hago ilusiones: son libros aún lastrados por un pesado aparato universitario, pero intento con ellos una especie de trastorno, intento que algo se agite en mi interior, tratar la escritura como un flujo y no como un código. Hay algunas páginas de Diferencia y repetición que estimo especialmente, como por ejemplo las que tratan de la fatiga y la contemplación, porque ellas proceden, a pesar de las apariencias, de la más viva experiencia vital. No era mucho, sólo un comienzo."



Deleuze, G.: Conversaciones 1972-1990.
Valencia: Pre-Textos, 1996, pp. 13-15



sábado, 10 de noviembre de 2012

FILOSOFÍA DEL ROCK NACIONAL de ROZITCHNER (frag.)

Fragmento de "Escuchá qué tema":


Muchacha (ojos de papel)

Almendra. Luis Alberto Spinetta.


1
Muchacha ojos de papel,
¿adónde vas? Quédate hasta el alba.
Muchacha pequeños pies,
no corras más. Quédate hasta el alba.


Muchacha ojos de papel: Para empezar, "muchacha", ¿por qué "muchacha" y no "piba", "flaca", "chica"? (Hay gente que usa extrañamente el "chico", o "muchacho" para llamar a un flaco en la calle. En Venezuela de repente te dicen: "epa, bachiller") Podríamos decir que el uso de la palabra "Muchacha" tiene el sentido de introducir una especie de fineza, como si fuera la primera piedra para construir un ambiente poético intencional, pero la intensidad del tema, el hecho de que sea un tema que se adueñe tan fácilmente del corazón que lo recibe, hace que una lectura mal intencionada sea imposible. En la barra de un happy hour conversaba el sábado a la noche con Ximena, mi esposa, sobre este análisis. Ella opinó que "muchacha" venía del pasaje natural de lo homosexual adolescente a la heterosexualidad adulta, que la "muchacha" era una mujer que había surgido de un "muchacho" previo. Es decir, que la palabra "muchacha" designaba un primer nivel de diferenciación sexual, en una canción que puede con justicia ser considerada una joya emocionante del amor adolescente. Me convenció su punto de vista. Qué bien hice en casarme con ella.

Después está el asunto de los ojos de papel. Los ojos de papel, le decía a mi mujer en esa barra de un feliz happy hour el sábado a la noche, eran una imagen comprensible de modo directo, pero no podía transformarla en pensamiento. A lo sumo podía decir que el papel, quebradizo, acentuaba el carácter plano de una mirada que ayudaba a representarme los ojos de esta muchacha enamorada. A mi me sugiere una mirada extática, quieta, arrobada, fija. Ojos en los que se puede leer, como en un papel. Ella le dio otra vuelta. Me dijo que el papel era la representación perfecta de lo ideal, sea porque en el papel aparece lo escrito o porque en él se imprime una foto, falta de dimensión y de carnalidad. Ojos de papel son ojos idealizados, ojos que no tienen carne. Me convenció.

Después viene la pregunta "¿adónde vas?". Entiendo masculinamente que la mujer va para algún lado y es interceptada por uno. La pregunta clásica, ¿solita?, muestra este sentido, que podemos extrapolar a una dimensión simbólica. ¿Adónde ibas en la vida cuando yo te encontré, y por qué no torcés tu rumbo para juntarlo con el mio? Suponiendo que el hombre sabe adonde va y que el ir de la mujer es en parte un ir que espera ser interceptado por la pregunta de un hombre que la intercepta. Ximena me dijo que para ella en la adolescencia las mujeres se llevaban el mundo por delante, que eran más poderosas que los hombres, y que tal vez la pregunta tenía que ver con que el pibe estaba un poco asombrado de la certidumbre de ella. Puede ser.

En todo caso después dice "quédate hasta el alba". Puede ser equivalente a un prosaico "no te levantes del lecho de amor, no te vayas a tu casa, quedate conmigo hasta que se haga de día", realizando la fantasía universal de dormir con la persona a la que uno quiere, o, como me sugirió la muchacha que es mi esposa, este "quédate hasta el alba" puede también querer decir que él desea que ella se materialice, que forme parte del día, de lo visible, que pase de ser un ser nocturno, hecho defantasía y deseo, a existir como un animal de día, pleno, concreto, tocable, dormible y visible.

2
Sueña un sueño despacito entre mis manos
hasta que por la ventana suba el sol.
Muchacha piel de rayón,
no corras más. Tu tiempo es hoy.


Cuando llegamos al "sueña un sueño despacito entre mis manos" a mí me dieron ganas de llorar. La hour seguía siendo muy happy, pero me emocioné pensando en esa imagen de ternura tan lograda y recordando cuando yo era un adolescente conflictuado (redundancia: ser adolescente es -como la palabra lo dice- ser conflictuado) y escuchaba este tema en Caracas. Era como si Buenos Aires, mi ciudad entonces adorada a la distancia -hoy es adorada en presencia- me llegara toda de golpe por una hendija en la ventana de la mente. ¿En qué ciudad extraordinaria existe un ser de tal delicadeza y genio poético emocional como Spinetta- pensaba yo- capaz de inundar el universo social con un agua de emoción tan intensa y a la vez delicada y fina y potente y de semejante belleza? ¿Yo vengo de ahí, esa es mi ciudad, Bs As existe? Cuento todo esto porque creo que aunque uno no esté en otro lado esta canción comunica un poco la sensación de un mundo distante, pasado o inalcanzable, de un mundo en la que la delicadeza y la fuerza arrasadora de la emoción pueden existir de manera clara. Por lo general tanta emoción está contraindicada por los rigores de la vida. No es culpa del mundo, es uno el que no se juega tanto.

Sueña un sueño despacito entre mis manos: ¿se puede soñar despacio? Es un despacio que alude a lentitud pero también a suavidad. ¿Se puede soñar entre las manos de otro? En un nivel de entrega total, en la confianza y la intimidad amorosa. Hasta que por la ventana suba el sol: hay un paso del sueño a la realidad del día, un aterrizaje o advenimiento del mundo soñado al mundo de las cosas cotidianas. Casi podríamos decir que lo emocionante del tema es que propone Y LOGRA hacer presente en el día lo que corresponde al mundo oculto de la noche o de la fantasía.

"Muchacha piel de rayón": ¿Qué es el rayón? Una tela barata con la que se suplantó a la seda cuando, por la guerra, no se fabricó más. Se hacían medias y vestidos. ¿Piel de rayón? ¿Le está diciendo grasa a la mina? Piel de rayón quiere decir: una piel de suavidad corriente, suave pero no pretenciosa. Esto revela la fuerza de ese amor, que no necesita hacer de su objeto algo valioso a través de cualidades extraordinarias objetivas, sino en el que lo extraordinario es de otro orden. Piel de rayón, una suavidad un poco tosca y tal vez por eso una piel más amada.

"No corras más. Tu tiempo es hoy": Ella corría, iba de un lado a otro, perseguía siempre algo que estaba más allá, como una manera de no estar en su presente real. Quedate, no corras, tu tiempo es hoy quiere decir: este amor te realiza, te salva de una carrera sin fin. También puede entenderse que el tiempo es del que le habla a la muchacha, como si le dijera: llegó el tiempo en el que puedo tenerte, es hoy. Hoy es el tiempo del amor. En todos los casos y para siempre: lo que es recuerdo o deseo no es tan amor como el encuentro presente.

3
Y no hables más, muchacha
corazón de tiza.
Cuando todo duerma
te robare un color.


Y no hables más muchacha: a mi esto me sugiere la graciosa imagen eterna de un hombre intentando callar un poco a la mujer con la que está. Sí, está bien, pero pará un poco. Se sabe de manera comprobada científicamente, que las mujeres son más dotadas para el lenguaje que los hombres. Por eso el público de las librerías es mayormente femenino. Pero parece que lo masculino es también rescatar a la mujer de esa verborrea para indicarle, con sus manos y su deseo, el final de las palabras y el camino de acceso a lo concreto. Sí, también la mujer hace que el hombre se deje de pavadas, de fútbol y rivalidades, para entrar en el mundo de lo concreto de una relación lograda, pero en este caso el elemento aludido es verbal.

Después dice: "corazón de tiza". Imagen de fragilidad, un corazón al que cualquier hecho marca. Por eso es delicada, ella, y debe ser tratada con suavidad. Cuando todo duerma, en consecuencia, le va a robar un color. No le dice barbaridades sexuales, le roba un color, con la idea de que las emociones fuertes del acto sexual son colores del alma antes que contracciones del cuerpo. Es como si dijera, esta moral amorosa que la letra de este tema expresa: el camino para llegar al amor es ser capaz de delicadeza. Claro, a los hombres les cuesta, se sienten un poco putos si en vez de querer los colores de la mujer la quieren partir al medio, pero lo cierto es que las mejores relaciones, las que duran y traen más felicidad, usan más el color que el hacha.

4
Muchacha voz de gorrión,
¿adonde vas? Quédate hasta el día.
Muchacha pechos de miel,
no corras más. Quedate hasta el día.


"Voz de gorrión": el gorrión, el rayón, el color robado, siento en esta letra un mundo de barrio porteño de otro tiempo, un Buenos Aires hermoso que está mezclado hoy con el nuestro, que sigue vivo, que está para ser despertado por cualquier toque que quiera hacerlo surgir. Voz de gorrión no es una imagen para tomar al pie de la letra, es una imagen. No lleva tanto a un "pio pio" (la versión Bonavena del amor, la Muchacha a la que Ringo pudo acceder) sino a una voz que surge de un cuerpito frágil, conmovido, palpitante, capaz de salir volando si se asusta. Me imagino la objeción: las perras de hoy no son así, no tienen colores y alitas sino mucho faso y birra y kilómetros recorridos, pero me atrevo a decir que esta letra capta más lo eterno femenino que las versiones más atrevidas de las grandes hermanas de hoy.

"Muchacha pechos de miel": este es el salto, me decía mi muchacha en el happy hour, llegó de los ojos de papel a los pechos de miel. Acá hay erotismo, concreción, poesía pero en acto.

5
Duerme un poco y yo entretanto construiré
un castillo con tu vientre hasta que el sol,
muchacha, te haga reír
hasta llorar, hasta llorar.


Por último: "Duerme un poco y yo entretanto construiré un castillo con tu vientre hasta que el sol te haga reír hasta llorar." Construir un castillo con tu vientre: admito que a Serrat no le toleraría esta imagen y lo tacharía de burdo y meloso, pero en el marco de este tema tremendo estoy completamente entregado y me llega como una prueba más de belleza. ¿Qué es construir un castillo con el vientre de la muchacha amada? Hacerle el amor, ir armando esa sensación que no está en ningún lado pero que es grande, consistente, maravillosa, soñadora, misteriosa como un castillo. Y esa construcción llega hasta el punto de hacerla reír hasta llorar. Sí, podemos decir que es un orgasmo, pero un orgasmo total, es decir de amor, uno que integra lo sexual y lo emocional hasta dar lugar a un estallido en el que el goce es tan profundo que recupera todas las tristezas pendientes, un placer que repasa lo vivido y lo acepta, un momento de reconciliación con todo, un encuentro de seres que hace resplandecer el mundo. Reír y llorar: intensidad entremezclada, el bien y el mal de la sensibilidad simultáneamente sentido gracias a un amor que lo produce y sostiene.

Conclusión: este tema es la piedra fundamental del rock nacional, una delicadeza que puede no parecer rockera por su suavidad pero que lo es por su potencia abrumadora. La fuerza del rock no necesariamente tiene que ver con el volumen y la violencia, es ante todo la fuerza de una emoción de sentir la vida y de querer. Una de las cosas más hermosas que escuché, cantadas de la manera más sentida e increíble por quien es, a mi modesto juicio, la figura más importante del rock nacional y hasta diría del arte argentino. Mi modesta opinión, conmovida y conquistada por esta bestia de la emoción.

martes, 4 de septiembre de 2012

DATE LA BUENA VIDA - Savater Fernando


Savater, Fernando (2000) ÉTICA PARA AMADOR. Barcelona, Paidós.  
Capítulo IV: DATE LA BUENA VIDA


¿Qué pretendo decirte poniendo un «haz lo que quieras» como lema fundamental de esa ética hacia la que vamos tanteando? Pues sencillamente (aunque luego resultará que no es tan sencillo, me temo) que hay que dejarse de órdenes y costumbres de premios y castigos, en una palabra de cuanto quiere dirigirte desde fuera, y que tienes que plantearte todo este asunto desde ti mismo, desde el fuero interno de tu voluntad. No le preguntes a nadie qué es lo que debes hacer con tu vida: Pregúntatelo a ti mismo. Si deseas saber en qué puedes emplear mejor tu libertad, no la pierdas poniéndote ya desde el principio al servicio de otro o de otros, por buenos, sabios y respetables que sean: interroga sobre el uso de tu libertad... a la libertad misma.

Claro, como eres chico listo puede que te estés dando ya cuenta de que aquí hay una cierta contradicción. Si te digo «haz lo que quieras» parece que te estoy dando de todas formas una orden, «haz eso y no lo otro», aunque sea la orden de que actúes libremente. ¡Vaya orden más complicada, cuando se la examina de cerca! Si la cumples, la desobedeces (porque no haces lo que eres, sino lo que quiero yo que te lo mando), si la desobedeces, la cumples (porque haces lo que tú quieres en lugar de lo que yo te mando... ¡Pero eso es precisamente lo que te estoy mandando!). Créeme, no pretendo meterte en un rompecabezas como los que aparecen en la sección de pasatiempos de los periódicos. Aunque procure decirte todo esto sonriendo para que no nos aburramos más de lo debido, el asunto es serio: no se trata de pasar el tiempo, sino de vivirlo bien. La aparente contradicción que encierra ese «haz lo que quieras» no es sino un reflejo del problema esencial de la libertad misma: a saber, que no somos libres de no ser libres, que no tenemos más remedio que serlo. ¿Y si me dices que ya está bien, que estás harto y que no quieres seguir siendo libre? ¿Y si decides entregarte como esclavo al mejor postor o jurar que obedecerás en todo y para siempre a tal o cual tirano? Pues lo harás porque quieres, en uso de tu libertad y aunque obedezcas a otro o te dejes llevar por la masa seguirás actuando tal como prefieres: no renunciarás a elegir, sino que habrás elegido no elegir por ti mismo. Por eso un filósofo francés de nuestro siglo, Jean-Paul Sartre, dijo que «estamos condenados a la libertad». Para esa condena no hay indulto que valga...

De modo que mi «haz lo que quieras» no es más que una forma de decirte que te tomes en serio el problema de tu libertad, lo de que nadie puede dispensarte de la responsabilidad creadora de escoger tu camino. No te preguntes con demasiado morbo si «merece la pena» todo este jaleo de la libertad, porque quieras o no eres libre, quieras o no tienes que querer. Aunque digas que no quieres saber nada de estos asuntos tan fastidiosos y que te deje en paz, también estarás queriendo... queriendo no saber nada, queriendo que te dejen en paz aun a costa de aborregarte un poco o un mucho. ¡Son las cosas del querer, amigo mío, como dice la copla! Pero no confundamos este «haz lo que quieras» con los caprichos de que hemos  hablado antes. Una cosa es que hagas «lo que quieras» y otra bien distinta que hagas «lo primero que te venga en gana». No digo que en ciertas ocasiones no pueda bastar la pura y simple gana de algo: al elegir qué vas a comer en un restaurante, por ejemplo. Ya que afortunadamente tienes buen estómago y no te preocupa engordar, pues venga, pide lo que te dé la gana... Pero cuidado, que a veces con la «gana» no se gana sino que se pierde. Ejemplo al canto.

No sé si has leído mucho la Biblia. Está llena de cosas interesantes y no hace falta ser muy religioso —ya sabes que yo lo soy más bien poco— para apreciarlas. En el primero de sus libros, el Génesis, se cuenta la historia de Esaú y Jacob, hijos de Isaac. Eran hermanos gemelos, pero Esaú había salido primero del vientre de su madre lo que le concedía el derecho de primogenitura: ser primogénito en aquellos tiempos no era cosa sin importancia, porque significaba estar destinado a heredar todas las posesiones y privilegios del padre. A Esaú le gustaba ir de caza y correr aventuras, mientras que Jacob prefería quedarse en casita, preparando de vez en cuando algunas delicias culinarias. Cierto día volvió Esaú del campo cansado y hambriento. Jacob había preparado un suculento potaje de lentejas y a su hermano, nada más llegarle el olorcillo del guiso, se le hizo la boca agua. Le entraron muchas ganas de comerlo y pidió a Jacob que le invitara. El hermano cocinero le dijo que con mucho gusto pero no gratis sino a cambio del derecho de primogenitura. Esaú pensó: «Ahora lo que me apetecen son las lentejas. Lo de heredar a mi padre será dentro de mucho tiempo. ¡Quién sabe, a lo mejor me muero yo antes que él!» y accedió a cambiar sus futuros derechos de primogénito por las sabrosas lentejas del presente. ¡Debían oler estupendamente esas lentejas! Ni que decir tiene que más tarde, ya repleta la panza, se arrepintió del mal negocio que había hecho, lo que provocó bastantes problemas entre los hermanos (dicho sea con el respeto debido, siempre me ha dado la impresión de que Jacob era un pájaro de mucho cuidado). Pero si quieres saber cómo acaba la historia léete el Génesis. Para lo que aquí nos interesa ejemplificar basta con lo que te he contado.

Como te veo un poco sublevado, no me extrañaría que intentaras volver esta historia contra lo que te vengo diciendo: « ¿No me recomendabas tú eso tan bonito de "haz lo que quieras"?, pues ahí tienes: Esaú quería potaje, se empeñó en conseguirlo y al final se quedó sin herencia. ¡Menudo éxito!» Si, claro, pero... ¿eran esas lentejas lo que Esaú quería de veras o  simplemente lo que le apetecía en aquel momento? Después de todo, ser el primogénito era entonces una cosa muy rentable y en cambio las lentejas ya se sabe: si quieres las tomas y si no las dejas... Es lógico pensar que lo que Esaú quería en el fondo era la primogenitura, un derecho destinado a mejorarle mucho la vida en un plazo más o menos próximo. Por supuesto, también le apetecía comer potaje, pero si se hubiese molestado en pensar un poco se habría dado cuenta de que este segundo deseo podía esperar un rato con tal de no estropear sus posibilidades de conseguir lo fundamental. A veces los hombres queremos cosas contradictorias que entran en conflicto unas con otras. Es importante ser capaz de establecer prioridades y de imponer una cierta jerarquía entre lo que de pronto me apetece y lo que en el fondo, a la larga, quiero. Y si no, que se lo pregunten a Esaú...

En el cuento bíblico hay un detalle importante. Lo que determina a Esaú para que elija el potaje presente y renuncie a la herencia futura es la sombra de la muerte o, si prefieres, el desánimo producido por la brevedad de la vida. «Como sé que me voy a morir de todos modos y a lo mejor antes que mi padre..., ¿para qué molestarme en dar más vueltas a lo que me conviene? ¡Ahora quiero lentejas y mañana estaré muerto, de modo que vengan las lentejas y se acabó!» Parece como si a Esaú la certeza de la muerte le llevase a pensar que la vida ya no vale la pena, que todo da igual. Pero lo que hace que todo dé igual no es la vida, sino la muerte. Fíjate: por miedo a la muerte, Esaú decide vivir como si ya estuviese muerto y todo diese igual. La vida está hecha de tiempo, nuestro presente está lleno de recuerdos y esperanzas, pero Esaú vive como si para él ya no hubiese otra realidad que el aroma de lentejas que le llega ahorita mismo a la nariz, sin ayer ni mañana. Aún más: nuestra vida está hecha de relaciones con los demás —somos padres, hijos, hermanos, amigos o enemigos, herederos o heredados, etc.— pero Esaú decide que las lentejas (que son una cosa, no una persona) cuentan más para él que esas vinculaciones con otros que le hacen ser quien es. Y ahora una pregunta: ¿cumple Esaú realmente lo que quiere o es que la muerte le tiene como hipnotizado, paralizando y estropeando su querer?

Dejemos a Esaú con sus caprichos culinarios y sus líos de familia. Volvamos a tu caso, que es el que aquí nos interesa. Si te digo que hagas lo que quieras, lo primero que parece oportuno hacer es que pienses con detenimiento y a fondo qué es lo que quieres. Sin duda te apetecen muchas cosas, a menudo contradictorias, como le pasa a todo el mundo: quieres tener una moto pero no quieres romperte la crisma por la carretera, quieres tener amigos pero sin perder tu independencia, quieres tener dinero pero no quieres avasallar al prójimo para conseguirlo, quieres saber cosas y por ello comprendes que hay que estudiar pero también quieres divertirte, quieres que yo no te dé la lata y te deje vivir a tu aire pero también que esté ahí para ayudarte cuando lo necesites, etc. En una palabra, si tuvieras que resumir todo esto y poner en palabras sinceramente tu deseo global de fondo, me dirías: «Mira, papi, lo que quiero es darme la buena vida.» ¡Bravo! ¡Premio para el caballero! Eso mismito es lo que yo quería aconsejarte: cuando te dije «haz lo que quieras» lo que en el fondo pretendía recomendarte es que te atrevieras a darte la buena vida. Y no hagas caso a los tristes ni a los beatos, con perdón: la ética no es más que el intento racional de averiguar cómo vivir mejor. Si merece la pena interesarse por la ética es porque nos gusta la buena vida. Sólo quien ha nacido para esclavo o quien tiene tanto miedo a la muerte que cree que todo da igual se dedica a las lentejas y vive de cualquier manera...

Quieres darte la buena vida: estupendo. Pero también quieres que esa buena vida no sea la buena vida de una coliflor o de un escarabajo, con todo mi respeto para ambas especies, sino una buena vida humana. Es lo que te corresponde, creo yo. Y estoy seguro de que a ello no renunciarías por nada del mundo. Ser humano, ya lo hemos indicado antes, consiste principalmente en tener relaciones con los otros seres humanos. Si pudieras tener muchísimo dinero, una casa mas suntuosa que un palacio de las mil y una noches, las mejores ropas, los más exquisitos alimentos (¡muchísimas lentejas!), los más sofisticados aparatos, etc., pero todo ello a costa de no volver a ver ni a ser visto por ningún ser humano jamás ¿estarías contento? ¿Cuánto tiempo podrías vivir así sin volverte loco? ¿No es la mayor de las locuras querer las cosas a costa de la relación con las personas? ¡Pero si precisamente la gracia de todas esas cosas estriba en que te permiten —o parecen permitirte— relacionarte más favorablemente con los demás! Por medio del dinero se espera poder deslumbrar o comprar a los otros; las ropas son para gustarles o para que nos envidien, y lo mismo la buena casa, los mejores vinos, etcétera. Y no digamos los aparatos: el vídeo y la tele son para verles mejor, el compact para oírles mejor y así sucesivamente. Muy pocas cosas conservan su gracia en la soledad; y si la soledad es completa y definitiva, todas las cosas se amargan  irremediablemente. La buena vida humana es buena vida entre seres humanos o de lo contrario puede que sea vida pero no será ni buena ni humana. ¿Empiezas a ver por dónde voy?

Las cosas pueden ser bonitas y útiles, los animales (por lo menos algunos) resultan simpáticos, pero los hombres lo que queremos ser es humanos, no herramientas ni bichos. Y queremos también ser tratados como humanos, porque eso de la humanidad depende en buena medida de que los unos hacemos con los otros. Me explico: el melocotón nace melocotón, el leopardo viene ya al mundo como leopardo, pero el hombre no nace ya hombre del todo ni nunca llega a serlo si los demás no le ayudan. ¿Por qué? Porque el hombre no es solamente una realidad natural (como los melocotones o los leopardos), sino también una realidad cultural. No hay humanidad sin aprendizaje cultural y para empezar sin la base de toda cultura (y fundamento por tanto de nuestra humanidad): el lenguaje. El mundo en el que vivimos los humanos es un mundo lingüístico, una realidad de símbolos y leyes sin la cual no sólo seríamos incapaces de comunicarnos entre nosotros sino también de captar la significación de lo que nos rodea. Pero nadie puede aprender a hablar por sí solo (como podría aprender a comer por sí solo o a mear —con perdón— por sí solo), porque el lenguaje no es una función natural y biológica del hombre (aunque tenga su base en nuestra condición biológica, claro está), sino una creación cultural que heredamos y aprendemos de otros hombres.

Por eso hablar a alguien y escucharle es tratarle como a una persona, por lo menos empezar a darle un trato humano. Es sólo un primer paso, desde luego, porque la cultura dentro de la cual nos humanizamos unos a otros parte del lenguaje pero no es simplemente lenguaje. Hay otras formas de demostrar que nos reconocemos como humanos, es decir, estilos de respeto y de miramientos humanizadores que tenemos unos para con otros. Todos queremos que se nos trate así y si no, protestamos. Por eso las chicas se quejan de que se las trate como mujeres «objeto», es decir simples adornos o herramientas; y por eso cuando insultamos a alguien le llamamos «¡animal!», como advirtiéndole que está rompiendo el trato debido entre hombres y que como siga así podemos pagarle con la misma moneda. Lo más importante de todo esto me parece lo siguiente: que la humanización (es decir, lo que nos convierte en humanos, en lo que queremos ser) es un proceso recíproco (como el propio lenguaje, si te das cuenta). Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco. Por eso darse la buena vida no puede ser algo muy distinto a fin de cuentas de dar la buena vida. Piénsalo un poco, por favor.

Más adelante seguiremos con esta cuestión. Ahora para concluir este capítulo de modo más relajado, te propongo que nos vayamos al cine. Podemos ver, si quieres, una hermosísima película dirigida e interpretada por Orson Welles: Ciudadano Kane. Te la recuerdo  brevemente, Kane es un multimillonario que con pocos escrúpulos ha reunido en su palacio de Xanadú una enorme colección de todas las cosas hermosas y caras del mundo. Tiene de todo, sin duda, y a todos los que le rodean les utiliza para sus fines, como simples instrumentos de su ambición. Al final de su vida, pasea solo por los salones de su mansión, llenos de espejos que le devuelven mil veces su propia imagen de solitario: sólo su imagen le hace compañía. Al fin muere, murmurando una palabra: «¡Rosebud!» Un periodista intenta adivinar el significado de este último gemido, pero no lo logra. En realidad, «Rosebud» es el nombre escrito en un trineo con el que Kane jugaba cuando niño, en la época en que aún vivía rodeado de afecto y devolviendo afecto a quienes le rodeaban. Todas sus riquezas y todo el poder acumulado sobre los otros no habían podido comprarle nada mejor que aquel recuerdo infantil. Ese trineo, símbolo de dulces relaciones humanas, era en verdad lo que Kane quería, la buena vida que había sacrificado para conseguir millones de cosas que en realidad no le servían para nada. Y sin embargo la mayoría le envidiaba... Venga, vámonos al cine: mañana seguiremos.

Vete leyendo...

«Y quiso Jacob un potaje; y volviendo Esaú del campo, cansado, dijo a Jacob:  Te ruego que me des a comer de ese guiso rojo, pues estoy muy cansado.
»Y Jacob respondió: Véndeme en este día tu primogenitura.
»Entonces dijo Esaú: He aquí que yo me voy a morir; ¡para qué, pues, me servirá la primogenitura.
»Y dijo Jacob: Júramelo en este día. Y le juró, y vendió a Jacob su primogenitura.
»Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura.» (Génesis, XXV, 2779 a 34).


«Quizá el hombre es malo porque, durante toda la vida, está esperando morir: y así muere mil veces en la muerte de los otros y de las cosas.
»Pues todo animal consciente de estar en peligro de muerte se vuelve loco. Loco miedoso, (loco astuto, loco malvado, loco que huye, loco servil, loco furioso, loco odiador, loco embrollador, loco asesino)» (Tony Duvert, Abecedario malévolo).


«Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida» (Spinoza, Ética).


«Hombre libre es el que quiere sin la arrogancia de lo arbitrario. Cree en la realidad, es decir, en el lazo real que une la dualidad real del yo y del tú. Cree en el Destino y cree que el Destino le necesita... Pues lo que ha de acontecer no acontecerá si no está resuelto a querer lo que es capaz de querer» (Martin Buber, Yo y tú).


«Ser capaz de prestarse atención a uno mismo es requisito previo para tener la capacidad de prestar atención a los demás; el sentirse a gusto con uno mismo es la condición necesaria para relacionarse con otros» (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).

HAZ LO QUE QUIERAS -Savater Fernando


Savater, Fernando (2000) ÉTICA PARA AMADOR. Barcelona, Paidós.  
Capítulo III: HAZ LO QUE QUIERAS


Decíamos antes que la mayoría de las cosas las hacemos porque nos las mandan (los padres cuando se es joven, los superiores o las leyes cuando se es adulto), porque se acostumbra a hacerlas así (a veces la rutina nos la imponen los demás con su ejemplo y su presión —miedo al ridículo, censura, chismorreo, deseo de aceptación en el grupo,...— y otras veces nos la creamos nosotros mismos), porque son un medio para conseguir lo que queremos (como tomar el autobús para ir al colegio) o sencillamente porque nos da la ventolera o el capricho de hacerlas así, sin más ni más. Pero resulta que en ocasiones importantes o cuando nos tomamos lo que vamos a hacer verdaderamente en serio, todas estas motivaciones corrientes resultan insatisfactorias: vamos, que saben a poco, como suele decirse.
Cuando tiene uno que salir a exponer el pellejo junto a las murallas de Troya desafiando el ataque de Aquiles, como hizo Héctor; o cuando hay que decidir entre tirar al mar la carga para salvar a la tripulación o tirar a unos cuantos de la tripulación para salvar la carga; o... en casos semejantes, aunque no sean tan dramáticos (por ejemplo sencillito: ¿debo votar al político que considero mejor para la mayoría del país, aunque perjudique con su subida de impuestos mis intereses personales, o apoyar al que me permite forrarme mas a gusto y los demás que espabilen?), ni órdenes ni costumbres bastan y no son cuestiones de capricho. El comandante nazi del campo de concentración al que acusan de una matanza de judíos intenta excusarse diciendo que «cumplió órdenes», pero a mí, sin embargo, no me convence esa justificación; en ciertos países es costumbre no alquilar un piso a negros por su color de piel o a homosexuales por su preferencia amorosa, pero por mucho que sea habitual tal discriminación sigue sin parecerme aceptable; el capricho de irse a pasar unos días en la playa es muy comprensible, pero si uno tiene a un bebé a su cargo y lo deja sin cuidado durante un fin de semana, semejante capricho ya no resulta simpático sino criminal. ¿No opinas lo mismo que yo en estos casos?
Esto tiene que ver con la cuestión de la libertad, que es el asunto del que se ocupa propiamente la ética, según creo haberte dicho ya. Libertad es poder decir «sí» o «no»; lo hago o no lo hago, digan lo que digan mis jefes o los demás; esto me conviene y lo quiero, aquello no me conviene y por tanto no lo quiero. Libertad es decidir, pero también, no lo olvides, darte cuenta de que estás decidiendo. Lo más opuesto a dejarse llevar, como podrás comprender. Y para no dejarte llevar no tienes más remedio que intentar pensar al menos dos veces lo que vas a hacer; sí, dos veces, lo siento, aunque te duela la cabeza... La primera vez que piensas el motivo de tu acción la respuesta a la pregunta «¿por qué hago esto?» es del tipo de las que hemos estudiado últimamente: lo hago por que me lo mandan, porque es costumbre hacerlo, porque me da la gana. Pero si lo piensas por segunda vez, la cosa ya varía. Esto lo hago porque me lo mandan, pero... ¿por qué obedezco lo que me mandan? ¿por miedo al castigo?, ¿por esperanza de un premio?, ¿no estoy entonces como esclavizado por quien me manda? Si obedezco porque quien da las órdenes sabe más que yo, ¿no sería aconsejable que procurara informarme lo suficiente para decidir por mí mismo? ¿Y si me mandan cosas que no me parecen convenientes, como cuando le ordenaron al comandante nazi eliminar a los judíos del campo de concentración? ¿Acaso no puede ser algo «malo» —es decir, no conveniente para mí— por mucho que me lo manden, o «bueno» y conveniente aunque nadie me lo ordene?
Lo mismo sucede respecto a las costumbres. Si no pienso lo que hago más que una vez, quizá me baste la respuesta de que actúo así «porque es costumbre». Pero ¿por qué diablos tengo que hacer siempre lo que suele hacerse (o lo que suelo hacer)? ¡Ni que fuera esclavo de quienes me rodean, por muy amigos míos que sean, o de lo que hice ayer, antesdeayer y el mes pasado! Si vivo rodeado de gente que tiene la costumbre de discriminar a los negros y a mí eso no me parece ni medio bien, ¿por qué tengo que imitarles? Si he cogido la costumbre de pedir dinero prestado y no devolverlo nunca, pero cada vez me da más vergüenza hacerlo, ¿por qué no voy a poder cambiar de conducta y empezar desde ahora mismo a ser más legal? ¿Es que acaso una costumbre no puede ser poco conveniente para mí, por muy acostumbrada que sea? Y cuando me interrogo por segunda vez sobre mis caprichos, el resultado es parecido. Muchas veces tengo ganas de hacer cosas que en seguida se vuelven contra mí, de las que me arrepiento luego. En asuntos sin importancia el capricho puede ser aceptable, pero cuando se trata de cosas más serias dejarme llevar por él, sin reflexionar si se trata de un capricho conveniente o inconveniente, puede resultar muy poco aconsejable, hasta peligroso: el capricho de cruzar siempre los semáforos en rojo a lo mejor resulta una o dos veces divertido pero ¿llegaré a viejo si me empeño en hacerlo día tras día?
En resumidas cuentas: puede haber órdenes, costumbres y caprichos que sean motivos adecuados para obrar, pero en otros casos no tiene por qué ser así. Sería un poco idiota querer llevar la contraria a todas las órdenes y a todas las costumbres, como también a todos los caprichos porque a veces resultarán convenientes o agradables. Pero nunca una acción es buena sólo por ser una orden, una costumbre o un capricho. Para saber si algo me resulta de veras conveniente o no tendré que examinar lo que hago más a fondo, razonando por mí mismo. Nadie puede ser libre en mi lugar, es decir: nadie puede dispensarme de elegir y de buscar por mí mismo. Cuando se es un niño pequeño, inmaduro, con poco conocimiento de la vida y de la realidad basta con la obediencia, la rutina o el caprichito. Pero es porque todavía se está dependiendo de alguien, en manos de otro que vela por nosotros. Luego hay que hacerse adulto, es decir, capaz de inventar en cierto modo la propia vida y no simplemente de vivir la que otros han inventado para uno. Naturalmente, no podemos inventarnos del todo porque no vivimos solos y muchas cosas se nos imponen queramos o no (acuérdate de que el pobre capitán no eligió padecer una tormenta en alta mar ni Aquiles le pidió a Héctor permiso para atacar Troya...). Pero entre las órdenes que se nos dan, entre las costumbres que nos rodean o nos creamos, entre los caprichos que nos asaltan, tendremos que aprender a elegir por nosotros mismos. No habrá más remedio, para ser hombres y no borregos (con perdón de los borregos), que pensar dos veces lo que hacemos. Y si me apuras, hasta tres y cuatro veces en ocasiones señaladas.
La palabra «moral» etimológicamente tiene que ver con las costumbres, pues eso precisamente es lo que significa la voz latina: mores, y también con las órdenes, pues la mayoría de los preceptos morales suenan así como «debes hacer tal cosa» o «ni se te ocurra hacer tal otra». Sin embargo, hay costumbres y órdenes —como ya hemos visto— que pueden ser malas, o sea «inmorales», por muy ordenadas y acostumbradas que se nos presenten. Si queremos profundizar en la moral de verdad, si queremos aprender en serio cómo emplear bien la libertad que tenemos (y en este aprendizaje consiste precisamente la «moral» o «ética» de la que estamos hablando aquí), más vale dejarse de órdenes, costumbres y caprichos. Lo primero que hay que dejar claro es que la ética de un hombre libre nada tiene que ver con los castigos ni los premios repartidos por la autoridad que sea, autoridad humana o divina, para el caso es igual. El que no hace más que huir del castigo y buscar la recompensa que dispensan otros, según normas establecidas por ellos, no es mejor que un pobre esclavo. A un niño quizá le basten el palo y la zanahoria como guías de su conducta, pero para alguien crecidito es más bien triste seguir con esa mentalidad. Hay que orientarse de otro modo. Por cierto, una aclaración terminológica. Aunque yo voy a utilizar las palabras «moral» y «ética» como equivalentes, desde un punto de vista técnico (perdona que me ponga más profesoral que de costumbre) no tienen idéntico significado. «Moral» es el conjunto de comportamientos y normas que tú, yo y algunos de quienes nos rodean solemos aceptar como válidos; «ética» es la reflexión sobre por qué los consideramos válidos y la comparación con otras «morales» que tienen personas diferentes. Pero en fin, aquí seguiré usando una u otra palabra indistintamente, siempre como arte de vivir. Que me perdone la Academia...
Te recuerdo que las palabras «bueno» y «malo» no sólo se aplican a comportamientos morales, ni siquiera sólo a personas. Se dice, por ejemplo, que Maradona o Butragueño son futbolistas muy buenos, sin que ese calificativo tenga nada que ver con su tendencia a ayudar al prójimo fuera del estadio o su propensión a decir siempre la verdad. Son buenos en cuanto futbolistas y como futbolistas, sin que entremos en averiguaciones sobre su vida privada. Y también puede decirse que una moto es muy buena sin que ello implique que la tomamos por la Santa Teresa de las motos: nos referimos a que funciona estupendamente y que tiene todas las ventajas que a una moto pueden pedirse. En cuestión de futbolistas o de motos, lo «bueno» —es decir, lo que conviene— está bastante claro. Seguro que si te pregunto, me explicas muy bien cuáles son los requisitos necesarios para que algo merezca calificación de sobresaliente en el terreno de juego o en la carretera. Y digo yo: ¿por qué no intentamos definir del mismo modo lo que se necesita para ser un hombre bueno? ¿No nos resolvería eso todos los problemas que nos estamos planteando desde hace ya bastantes páginas?
No es cosa tan fácil, sin embargo. Respecto a los buenos futbolistas, las buenas motos, los buenos caballos de carreras, etc., la mayoría de la gente suele estar de acuerdo, pero cuando se trata de determinar si alguien es bueno o malo en general, como ser humano, las opiniones varían mucho. Ahí tienes, por ejemplo el caso de Purita: su mamá en casa la tiene por el no va más de la bondad, porque es obediente y modosita, pero en clase todo el mundo la detesta porque es chismosa y cizañera. Seguro que para sus superiores el oficial nazi que gaseaba judíos en Auschwitz era bueno y como es debido, pero los judíos debían tener sobre él una opinión diferente. A veces llamarle a alguien «bueno» no indica nada bueno: hasta el punto de que suelen decirse cosas como «Fulanito es muy bueno, ¡el pobre!» El poeta español Antonio Machado era consciente de esta ambigüedad y en su autobiografía poética escribió: «Soy en el buen sentido de la palabra bueno...» Se refería a que, en muchos casos, llamarle a uno «bueno» no indica más que docilidad, tendencia a no llevar la contraria y a no causar problemas, prestarse a cambiar los discos mientras los demás bailan, cosas así.
Para unos, ser bueno significará ser resignado y paciente, pero otros llamarán bueno a la persona emprendedora, original, que no se acobarda a la hora de decir lo que piensa aunque pueda molestar a alguien. En países como Sudáfrica por ejemplo, unos tendrán por bueno al negro que no da la lata y se conforma con el apartheid, mientras que otros no llamarán así más que al que sigue a Nelson Mandela. ¿Y sabes por qué no resulta sencillo decir cuándo un ser humano es «bueno» y cuándo no lo es? Porque no sabemos para qué sirven los seres humanos. Un futbolista sirve para jugar al fútbol de tal modo que ayude a ganar a su equipo y meta goles al contrario; una moto sirve para trasladarnos de modo veloz, estable, resistente... Sabemos cuándo un especialista en algo o cuándo un instrumento funcionan como es debido porque tenemos idea del servicio que deben prestar, de lo que se espera de ellos. Pero si tomamos al ser humano en general la cosa se complica: a los humanos se nos reclama a veces resignación y a veces rebeldía, a veces iniciativa y a veces obediencia, a veces generosidad y otras previsión del futuro, etc. No es fácil ni siquiera determinar una virtud cualquiera: que un futbolista meta un gol en la portería contraria sin cometer falta siempre es bueno, pero decir la verdad puede no serlo. ¿Llamarías «bueno» a quien le dice por crueldad al moribundo que va a morir o a quien delata dónde se esconde la víctima al asesino que quiere matarla? Los oficios y los instrumentos responden a unas normas de utilidad bastante claras, establecidas desde fuera: si se las cumple, bien; si no, mal y se acabó. No se pide otra cosa. Nadie exige a un futbolista —para ser buen futbolista, no buen ser humano— que sea caritativo o veraz; nadie le pide a una moto, para ser buena moto, que sirva para clavar clavos. Pero cuando se considera a los humanos en general la cosa no está tan clara, porque no hay un único reglamento para ser buen humano ni el hombre es instrumento para conseguir nada.
Se puede ser buen hombre (y buena mujer, claro) de muchas maneras y las opiniones que juzgan los comportamientos suelen variar según las circunstancias. Por eso decimos a veces que Fulano o Menganita son buenos «a su modo». Admitimos así que hay muchas formas de serlo y que la cuestión depende del ámbito en que se mueve cada cual. De modo que ya ves que desde fuera no es fácil determinar quién es bueno y quién malo, quién hace lo conveniente y quién no. Habría que estudiar no sólo todas las circunstancias de cada caso, sino hasta las intenciones que mueven a cada uno. Porque podría pasar que alguien hubiese pretendido algo malo y le saliera un resultado aparentemente bueno por carambola. Y al que hace lo bueno y conveniente por chiripa no le llamaríamos «bueno», ¿verdad? También al revés: con la mejor voluntad del mundo alguien podría provocar un desastre y ser tenido por monstruo sin culpa suya. Me parece que por este camino sacaremos poco en limpio, lo siento.
Pero si ya hemos dicho que ni órdenes, ni costumbres ni caprichos bastan para guiarnos en esto de la ética y ahora resulta que no hay un claro reglamento que enseñe a ser hombre bueno y a funcionar siempre como tal, ¿cómo nos las arreglaremos? Voy a contestarte algo que de seguro te sorprende y quizá hasta te escandalice. Un divertidísimo escritor francés del siglo XVI, François Rabelais, contó en una de las primeras novelas europeas las aventuras del gigante Gargantúa y su hijo Pantagruel. Muchas cosas podría contarte de ese libro, pero prefiero que antes o después te decidas a leerlo por ti mismo. Sólo te diré que en una ocasión Gargantúa decide fundar una orden más o menos religiosa e instalarla en una abadía, la abadía de Theleme, sobre cuya puerta está escrito este único precepto: «Haz lo que quieras.» Y todos los habitantes de esa santa casa no hacen precisamente más que eso, lo que quieren. ¿Qué te parecería si ahora te digo que a la puerta de la ética bien entendida no está escrita más que esa misma consigna: haz lo que quieras? A lo mejor te indignas conmigo: ¡vaya, pues sí que es moral la conclusión a la que hemos llegado!, ¡la que se armaría si todo el mundo hiciese sin más ni más lo que quisiera!, ¿para eso hemos perdido tanto tiempo y nos hemos comido tanto el coco? Espera, espera, no te enfades. Dame otra oportunidad: hazme el favor de pasar al capítulo siguiente...

Vete leyendo...

«Los congregados en Theleme empleaban su vida, no en atenerse a leyes, reglas o estatutos, sino en ejecutar su voluntad y libre albedrío. Levantábanse del lecho cuando les parecía bien, y bebían, comían, trabajaban y dormían cuando sentían deseo de hacerlo. Nadie les despertaba, ni le forzaba a beber, o comer, ni a nada.
«Así lo había dispuesto Gargantúa. La única regla de la Orden era ésta:
HAZ LO QUE QUIERAS
«Y era razonable, porque las gentes libres, bien nacidas y bien educadas, cuando tratan con personas honradas, sienten por naturaleza el instinto y estímulo de huir del vicio y acogerse a la virtud. Y es a esto a lo que llaman honor.
«Pero cuando las mismas gentes se ven refrenadas y constreñidas, tienden a rebelarse y romper el yugo que las abruma. Pues todos nos inclinamos siempre a buscar lo prohibido y a codiciar lo que se nos niega» (François Rabelais, Garantúa y Pantagruel).


«La ética humanista, en contraste con la ética autoritaria, puede distinguirse de ella por un criterio formal y otro material. Formalmente se basa en el principio de que sólo el hombre por sí mismo puede determinar el criterio sobre virtud y pecado, y no una autoridad que lo transcienda. Materialmente se basa en el principio de que lo "bueno" es aquello que es bueno para el hombre y "malo" lo que le es nocivo, siendo el único criterio de valor ético el bienestar del hombre» (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).


«Pero, aunque la razón basta, cuando está plenamente desarrollada y perfeccionada, para instruirnos de las tendencias dañosas o útiles de las cualidades y de las acciones, no basta, por sí misma, para producir la censura o la aprobación moral. La utilidad no es más que una tendencia hacia un cierto fin; si el fin nos fuese totalmente indiferente, sentiríamos la misma indiferencia por los medios. Es preciso necesariamente que un sentimiento se manifieste aquí, para hacernos preferir las tendencias útiles a las tendencias dañinas. Ese sentimiento no puede ser más que una simpatía por la felicidad de los hombres o un eco de su desdicha, puesto que éstos son los diferentes fines que la virtud y el vicio tienen tendencia a la razón nos instruye acerca de promover. Así pues, las diversas tendencias de las acciones y la humanidad hace una distinción a favor de las tendencias útiles y beneficiosas» (David Hume, Investigación sobre los principios de la moral).