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martes, 12 de abril de 2016

Los Nueve Billones De Nombres De Dios - (Cuento) Clarke, Arthur C.

(Nota biográfica al final del cuento)
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-Esta es una petición un tanto desacostumbrada- dijo el doctor Wagner, con lo que esperaba podría ser un comentario plausible-. Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido una computadora de secuencia automática para un monasterio tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su... ejem... establecimiento haya aplicaciones para semejante máquina. ¿Podría explicarme que intentan hacer con ella?
-Con mucho gusto- contestó el lama, arreglándose la túnica de seda y dejando cuidadosamente a un lado la regla de cálculo que había usado para efectuar la equivalencia entre las monedas-. Su computadora Mark V puede efectuar cualquier operación matemática rutinaria que incluya hasta diez cifras. Sin embargo, para nuestro trabajo estamos interesados en letras, no en números. Cuando hayan sido modificados los circuitos de producción, la maquina imprimirá palabras, no columnas de cifras.
-No acabo de comprender...​-​
-Es un proyecto en el que hemos estado trabajando durante los últimos tres siglos; de hecho, desde que se fundó el lamaísmo. Es algo extraño para su modo de pensar, así que espero que me escuche con mentalidad abierta mientras se lo explico.​-​
-Naturalmente.​-​
-En realidad, es sencillísimo. Hemos estado recopilando una lista que contendrá todos los posibles nombres de Dios.​-​
-¿Qué quiere decir?​-​
-Tenemos motivos para creer- continuó el lama, imperturbable- que todos esos nombres se pueden escribir con no más de nueve letras en un alfabeto que hemos ideado.​-​
-¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?​-​
-Sí; suponíamos que nos costaría alrededor de quince mil años completar el trabajo.​-​
-Oh- exclamó el doctor Wagner, con expresión un tanto aturdida-. Ahora comprendo por qué han querido alquilar una de nuestras maquinas. ¿Pero cuál es exactamente la finalidad de este proyecto?-​
El lama vaciló durante una fracción de segundo y Wagner se preguntó si lo había ofendido. En todo caso, no hubo huella alguna de enojo en la respuesta.​-​
-Llámelo ritual, si quiere, pero es una parte fundamental de nuestras creencias.​-​
Los numerosos nombres del Ser Supremo que existen: Dios, Jehová, Alá, etcétera, sólo son etiquetas hechas por los hombres. Esto encierra un problema filosófico de cierta dificultad, que no me propongo discutir, pero en algún lugar entre todas las posibles combinaciones de letras que se pueden hacer están los que se podrían llamar verdaderos nombres de Dios. Mediante una permutación sistemática de las letras, hemos intentado elaborar una lista con todos esos posibles nombres.​-​
-Comprendo. Han empezado con AAAAAAA... y han continuado hasta ZZZZZZZ..-​
-Exactamente, aunque nosotros utilizamos un alfabeto especial propio.
Modificando los tipos electromagnéticos de las letras, se arregla todo, y esto es muy fácil de hacer. Un problema bastante más interesante es el de diseñar circuitos para eliminar combinaciones ridículas. Por ejemplo, ninguna letra debe figurar mas de tres veces consecutivas.​-​
-¿Tres? Seguramente quiere usted decir dos.​-​
-Tres es lo correcto. Temo que me ocuparía demasiado tiempo explicar por qué, aun cuando usted entendiera nuestro lenguaje.​-​
-Estoy seguro de ello- dijo Wagner, apresuradanente- Siga.​-​
-Por suerte, será cosa sencilla adaptar su computadora de secuencia automática a ese trabajo, puesto que, una vez ha sido programado adecuadamente, permutará cada letra por turno e imprimirá el resultado. Lo que nos hubiera costado quince mil años se podrá hacer en cien días.​-​
El doctor Wagner apenas oía los débiles ruidos de las calles de Manhattan, situadas muy por debajo.
Estaba en un mundo diferente, un mundo de montañas naturales, no construidas por el hombre.
En las remotas alturas de su lejano país, aquellos monjes habían trabajado con paciencia, generación tras generación, llenando sus listas de palabras sin significado. ¿Había algún limite a las locuras de la humanidad? No obstante, no debía insinuar siquiera sus pensamientos. El cliente siempre tenia razón...
-No hay duda- replicó el doctor- de que podemos modificar el Mark V para que imprima listas de este tipo. Pero el problema de la instalación y el mantenimiento ya me preocupa más. Llegar al Tíbet en los tiempos actuales no va a ser fácil.-
-Nosotros nos encargaremos de eso. Los componentes son lo bastante pequeños para poder transportarse en avión. Este es uno de los motivos de haber elegido su máquina. Si usted la puede hacer llegar a la India, nosotros proporcionaremos el transporte desde allí.-
-¿Y quieren contratar a dos de nuestros ingenieros?-
-Sí, para los tres meses que se supone ha de durar el proyecto.-
-No dudo de que nuestra sección de personal les proporcionará las personas idóneas.- El doctor Wagner hizo una anotación en la libreta que tenía sobre la mesa- hay otras dos cuestiones... -
Antes de que pudiese terminar la frase, el lama sacó una pequeña hoja de papel.-
-Esto es el saldo de mi cuenta del Banco Asiático.-
-Gracias. Parece ser... hum... adecuado. La segunda cuestión es tan trivial que vacilo en mencionarla... pero es sorprendente la frecuencia con que lo obvio se pasa por alto. ¿Qué fuente de energía eléctrica tiene ustedes?-
-Un generador diesel que proporciona cincuenta kilovatios a ciento diez voltios.
Fue instalado hace unos cinco años y funciona muy bien. Hace la vida en el monasterio mucho más cómoda, pero, desde luego, en realidad fue instalado para proporcionar energía a los altavoces que emiten las plegarias.-
- Desde luego - admitió el doctor Wagner-. Debía haberlo imaginado.-


La vista desde el parapeto era vertiginosa, pero con el tiempo uno se acostumbra a todo. Después de tres meses, George Hanley no se impresionaba por los dos mil pies de profundidad del abismo, ni por la visión remota de los campos del valle semejantes a cuadros de un tablero de ajedrez. Estaba apoyado contra las piedras pulidas por el viento y contemplaba con displicencia las distintas montañas, cuyos nombres nunca se había preocupado de averiguar.
Aquello, pensaba George, era la cosa más loca que le había ocurrido jamas. El "Proyecto Shangri-La", como alguien lo había bautizado en los lejanos laboratorios. Desde hacía ya semanas, el Mark V estaba produciendo acres de hojas de papel cubiertas de galimatías. Pacientemente, inexorablemente, la computadora había ido disponiendo letras en todas sus posibles combinaciones, agotando cada clase antes de empezar con la siguiente. Cuando las hojas salían de las maquinas de escribir electromáticas, los monjes las recortaban cuidadosamente y las pegaban a unos libros enormes. Una semana más y, con la ayuda del cielo, habrían terminado. George no sabía qué oscuros cálculos habían convencido a los monjes de que no necesitaban preocuparse por las palabras de diez, veinte o cien letras. Uno de sus habituales quebraderos de cabeza era que se produjese algún cambio de plan y que el gran lama (a quien ellos llamaban Sam Jaffe, aunque no se le parecía en absoluto) anunciase de pronto que el proyecto se extendería aproximadamente hasta el año 2060 de la Era Cristiana. Eran capaces de una cosa así.
George oyó que la pesada puerta de madera se cerraba de golpe con el viento al tiempo que Chuck entraba en el parapeto y se situaba a su lado. Como de costumbre, Chuck iba fumando uno de los cigarros puros que le habían hecho tan popular entre los monjes, que, al parecer, estaban completamente dispuestos a adoptar todos los menores y gran parte de los mayores placeres de la vida. Esto era una cosa a su favor: podían estar locos, pero no eran tontos. Aquellas frecuentes excursiones que realizaban a la aldea de abajo, por ejemplo...
-Escucha, George -dijo Chuck, con urgencia-. He sabido algo que puede significar un disgusto.-
-¿Qué sucede? ¿No funciona bien la maquina? -ésta era la peor contingencia que George podía imaginar. Era algo que podría retrasar el regreso, y no había nada más horrible. Tal como se sentía él ahora, la simple visión de un anuncio de televisión le parecería maná caído del cielo. Por lo menos, representaría un vinculo con su tierra.
-No, no es nada de eso. -Chuck se instaló en el parapeto, lo cual era inhabitual en él, porque normalmente le daba miedo el abismo-. Acabo de descubrir cuál es el motivo de todo esto.-
-¿Qué quieres decir? Yo pensaba que lo sabíamos.-
-Cierto, sabíamos lo que los monjes están intentando hacer. Pero no sabíamos por qué. Es la cosa más loca...-
-Eso ya lo tengo muy oído -gruñó George.
-...pero el viejo me acaba de hablar con claridad. Sabes que acude cada tarde para ver cómo van saliendo las hojas. Pues bien, esta vez parecía bastante excitado o, por lo menos, más de lo que suele estarlo normalmente. Cuando le dije que estábamos en el ultimo ciclo me preguntó, en ese acento inglés tan fino que tiene, si yo había pensado alguna vez en lo que intentaban hacer. Yo dije que me gustaría saberlo... y entonces me lo explicó.-
-Sigue; voy captando.-
-El caso es que ellos creen que cuando hayan hecho la lista de todos los nombres, y admiten que hay unos nueve billones, Dios habrá alcanzado su objetivo. La raza humana habrá acabado aquello para lo cual fue creada y no tendrá sentido alguno continuar. Desde luego, la idea misma es algo así como una blasfemia.-
-¿Entonces que esperan que hagamos? ¿Suicidarnos?-
-No hay ninguna necesidad de esto. Cuando la lista esté completa, Dios se pone en acción, acaba con todas las cosas y... ¡Listos!-
-Oh, ya comprendo. Cuando terminemos nuestro trabajo, tendrá lugar el fin del mundo. - Chuck dejo escapar una risita nerviosa.
-Esto es exactamente lo que le dije a Sam. ¿Y sabes que ocurrió? Me miró de un modo muy raro, como si yo hubiese cometido alguna estupidez en la clase, y dijo:
"No se trata de nada tan trivial como eso".-
George estuvo pensando durante unos momentos.
-Esto es lo que yo llamo una visión amplia del asunto -dijo después-. ¿Pero qué supones que deberíamos hacer al respecto? No veo que ello signifique la más mínima diferencia para nosotros. Al fin y al cabo, ya sabíamos que estaban locos.-
-Sí... pero ¿no te das cuenta de lo que puede pasar? Cuando la lista esté acabada y la traca final no estalle -o no ocurra lo que ellos esperan, sea lo que sea-, nos pueden culpar a nosotros del fracaso. Es nuestra máquina la que han estado usando. Esta situación no me gusta ni pizca.-
-Comprendo - dijo George, lentamente-. Has dicho algo de interés. Pero ese tipo de cosas han ocurrido otras veces. Cuando yo era un chiquillo, allá en Louisiana, teníamos un predicador chiflado que una vez dijo que el fin del mundo llegaría el domingo siguiente. Centenares de personas lo creyeron y algunas hasta vendieron sus casas. Sin embargo, cuando nada sucedió, no se pusieron furiosos, como se hubiera podido esperar. Simplemente, decidieron que el predicador había cometido un error en sus cálculos y siguieron creyendo. Me parece que algunos de ellos creen todavía.
-Bueno, pero esto no es Louisiana, por si aún no te habías dado cuenta. Nosotros no somos más que dos y monjes los hay a centenares aquí. Yo les tengo aprecio; y sentiré pena por el viejo Sam cuando vea su gran fracaso. Pero, de todos modos, me gustaría estar en otro sitio.-
-Esto lo he estado deseando yo durante semanas. Pero no podemos hacer nada hasta que el contrato haya terminado y lleguen los transportes aéreos para llevarnos lejos. Claro que - dijo Chuck, pensativamente - siempre podríamos probar con un ligero sabotaje.-
-¡Y un cuerno podríamos! Eso empeoraría las cosas.-
- Lo que yo he querido decir, no. Míralo así. Funcionando las veinticuatro horas del día, tal como lo está haciendo, la máquina terminará su trabajo dentro de cuatro días a partir de hoy. El transporte llegará dentro de una semana. Pues bien, todo lo que necesitamos hacer es encontrar algo que tenga que ser reparado cuando hagamos una revisión; algo que interrumpa el trabajo durante un par de días. Lo arreglaremos, desde luego, pero no demasiado aprisa. Si calculamos bien el tiempo, podremos estar en el aeródromo cuando el último nombre quede impreso en el registro. Para entonces ya no nos podrán coger.-
-No me gusta la idea -dijo George-. Sería la primera vez que he abandonado un trabajo. Además, les haría sospechar. No, me quedaré y aceptaré lo que venga.-


-Sigue sin gustarme -dijo, siete días mas tarde, mientras los pequeños pero resistentes burritos de montaña les llevaban hacia abajo por la serpenteante carretera-. Y no pienses que huyo porque tengo miedo. Lo que pasa es que siento pena por esos infelices y no quiero estar junto a ellos cuando se den cuenta de lo tontos que han sido. Me pregunto como se lo va a tomar Sam.-
-Es curioso -replicó Chuck-, pero cuando le dije adiós tuve la sensación de que sabía que nos marchábamos de su lado y que no le importaba porque sabía también que la máquina funcionaba bien y que el trabajo quedaría muy pronto acabado. Después de eso... claro que, para él, ya no hay ningún después... George se volvió en la silla y miró hacia atrás, sendero arriba. Era el último sitio desde donde se podía contemplar con claridad el monasterio. La silueta de los achaparrados y angulares edificios se recortaba contra el cielo crepuscular: aquí y allá se veían luces que resplandecían como las portillas del costado de un transatlántico. Luces eléctricas, desde luego, compartiendo el mismo circuito que el Mark V. ¿Cuánto tiempo lo seguirían compartiendo?, se preguntó George. ¿Destrozarían los monjes la computadora, llevados por el furor y la desesperación?
¿O se limitarían a quedarse tranquilos y empezarían de nuevo todos sus cálculos?
Sabía exactamente lo que estaba pasando en lo alto de la montaña en aquel
mismo momento. El gran lama y sus ayudantes estarían sentados, vestidos con sus túnicas de seda e inspeccionando las hojas de papel mientras los monjes
principiantes las sacaban de las maquinas de escribir y las pegaban a los grandes volúmenes. Nadie diría una palabra. El único ruido sería el incesante golpear de las letras sobre el papel, porque el Mark V era de por sí completamente silencioso mientras efectuaba sus millares de cálculos por segundo. Tres meses así, penso George, eran ya como para subirse por las paredes.
-¡Allí esta! -gritó Chuck, señalando abajo hacia el valle-. ¿Verdad que es hermoso?-
Ciertamente, lo era, pensó George. El viejo y abollado DC3 estaba en el final de la pista, como una menuda cruz de plata. Dentro de dos horas los estaría llevando hacia la libertad y la sensatez. Era algo así como saborear un licor de calidad. George dejó que el pensamiento le llenase la mente, mientras el burrito avanzaba pacientemente pendiente abajo.
La rápida noche de las alturas del Himalaya casi se les echaba encima. Afortunadamente, el camino era muy bueno, como la mayoría de los de la región, y ellos iban equipados con linternas. No había el más ligero peligro: sólo cierta incomodidad causada por el intenso frío. El cielo estaba perfectamente despejado e iluminado por las familiares y amistosas estrellas. Por lo menos, pensó George, no habría riesgo de que el piloto no pudiese despegar a causa de las condiciones del tiempo. Esta había sido su ultima preocupación. Se puso a cantar, pero lo dejó al cabo de poco. El vasto escenario de las montañas, brillando por todas partes como fantasmas blancuzcos encapuchados, no animaba a esta expansión. De pronto, George consultó su reloj.
-Estaremos allí dentro de una hora -dijo, volviéndose hacia Chuck. Después, pensando en otra cosa, añadió-: Me pregunto si la computadora habrá terminado su trabajo. Estaba calculado para esta hora.-
Chuck no contesto, así que George se volvió completamente hacia él. Pudo ver la cara de Chuck; era un ovalo blanco vuelto hacia el cielo.
-Mira - susurro Chuck; George alzó la vista hacia el espacio.
Siempre hay una ultima vez para todo.

Arriba, sin ninguna conmoción, las estrellas se estaban apagando.
(editado, un poco, por Erne Randa)
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NOTA BIOGRÁFICA

Arthur Charles Clarke:
(Minehead, 1917 - Colombo, Sri Lanka, 2008) Escritor británico, autor de notables novelas y relatos de ciencia ficción en las que destaca la presencia de una cierta reflexión de talante filosófico.

En un artículo aparecido en 1945 y acogido con escepticismo por los especialistas, predijo detalladamente el uso de un sistema de satélites para las telecomunicaciones.

Sobre la base de uno de sus cuentos cortos, "El centinela" ("The Sentinel", 1951), preparó junto con Stanley Kubrick el guión para el filme de este último 2001: una odisea del espacio, que apareció también como libro en 1968 y del que luego publicó dos secuelas en 1983 y 1988. El relato de Clarke insistía en la aparición de unas mentes superiores que, desde fuera de nuestra galaxia, se hacían indirectamente presentes en la Historia humana.

Clarke representa, como Ray Bradbury, una corriente trascendentalista de la ciencia-ficción, en la que se expresa una visible nostalgia de la presencia divina en el cosmos.

viernes, 8 de abril de 2016

UNA PARTIDA DE AJEDREZ (Cuento) - Bierce, Ambrose

Ambrose Gwinett Bierce: (Meigs, 1842 - México, 1914) Cuentista y periodista estadounidense de obra aguda y satírica, llena de un humor trágico y temas violentos que giran alrededor de la muerte. Su literatura ejerció una fuerte influencia en la costa del Pacífico.
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-¿Habla usted en serio? ¿Cree usted realmente que una máquina piensa?
No obtuve una respuesta inmediata; Moxon tenía concentrada su atención en los fantásticos dibujos proyectados por las llamas del hogar. Desde hacía varias semanas, venía observando en él una creciente tendencia a demorar la respuesta incluso a la más vulgar de las preguntas. Sin embargo, el aire que adoptaba era de preocupación más que de deliberación, hubiérase dicho que “algo le rondaba por el magín”.
Súbitamente dijo:
-¿Qué es una “máquina”? La palabra ha sido definida diversamente. He aquí la definición que aparece en un diccionario popular: “Cualquier instrumento u organización mediante el cual es aplicada y hecha efectiva la energía, o producido un efecto deseado”. En tal caso, ¿no es el hombre una máquina? Y debe usted admitir que el hombre piensa… o cree que piensa.
-Si no quiere contestar mi pregunta -dije, con cierta brusquedad-, ¿por qué no me lo dice claramente? Se sale usted por la tangente. Sabe perfectamente que al hablar de “máquina” no me refiero a un hombre, sino a algo hecho por el hombre y sometido a él.
-A veces sucede lo contrario, y la máquina gobierna al hombre- replicó Moxon, poniéndose en pie y acercándose a una ventana, en cuyos cristales repiqueteaba la lluvia de una noche tormentosa. Al cabo de unos instantes se volvió hacia mí y añadió, sonriendo: -Discúlpeme. No trataba de salirme por la tangente, como dice usted. Puedo contestar a su pregunta de un modo directo; creo que una máquina piensa en el trabajo que está realizando.
Era una respuesta directa, desde luego. Y no demasiado agradable, ya que tendía a confirmar mis sospechas de que la dedicación de Moxon al estudio y trabajo en su taller no le hacían ningún bien. Sabía, por ejemplo, que padecía de insomnio, un achaque que no puede ser calificado de trivial. ¿Acaso había afectado a su mente? Su respuesta a mi pregunta parecía indicarlo así. Ahora quizá no hubiese yo tenido esa sospecha; en aquella época era yo muy joven y, entre las bendiciones que no le son negadas a la juventud, se encuentra la ignorancia. Estimulado a la discusión por aquellas palabras, dije:
-¿Y con qué piensa la máquina… careciendo de cerebro?
La respuesta, surgida sin la demora habitual, adoptó la forma favorita de Moxon: el contrainterrogatorio.
-¿Con qué piensa una planta… careciendo de cerebro?
-¡Ah! De modo que las plantas pertenecen también al clan filosófico… Me gustaría conocer algunas de sus conclusiones; puede usted omitir las premisas.
Moxon, sin tomar en cuenta mi mordacidad, dijo:
-Tal vez usted pueda deducir sus convicciones de sus actos. Le ahorraré los conocidos ejemplos de la sensible mimosa, de las diversas flores insectívoras y de aquellas cuyos estambres se inclinan y sacuden su polen sobre la abeja, a fin de que ésta puede fecundar a sus lejanas compañeras. En un espacio abierto de mi jardín planté una enredadera. Cuando asomó a la superficie, clavé una estaca en el suelo a un metro de distancia de la planta. La enredadera se extendió inmediatamente en aquella dirección, pero, al cabo de unos días, cuando estaba a punto de alcanzar la estaca, arranqué esta última y volví a clavarla a unos cuantos pies de distancia. Inmediatamente la enredadera modifícó la dirección de su crecimiento, trazando un ángulo agudo y extendiéndose de nuevo hacia la estaca. Repetí la maniobra varias veces, hasta que la enredadera, descorazonada, abandonó la persecución y se dirigió hacia un árbol, por el cual trepó.
-Las raíces de los eucaliptos se prolongan increíblemente en busca de humedad. Un conocido horticultor cuenta que una raíz de eucalipto penetró en una tubería subterránea seca y la siguió hasta llegar a una pared de piedra con la cual había sido cegada la tubería en cuestión. La raíz salió de la tubería y siguió la pared hasta encontrar una abertura; se introdujo en ella y dio la vuelta en busca de la tubería situada al otro lado de la pared.
-¿Y todo eso?
-¿Acaso no se da cuenta de lo que significa? Demuestra la conciencia de las plantas. Demuestra que las plantas piensan.
-Vamos a admitir que las plantas piensen. Pero no estábamos hablando de plantas, sino de máquinas. Las máquinas pueden ser parcialmente de madera -madera que ha perdido su vitalidad- o completamente metálicas. ¿Acaso el reino mineral posee también la facultad de pensar?
-¿Qué otra explicación puede darle usted al fenómenos de la cristalización, por ejemplo?
-No trato de explicarlo.
-Porque no puede hacerlo sin afirmar lo que desea negar, es decir, la cooperación inteligente entre los elementos constitutivos de los cristales. Cuando los soldados forman líneas o cuadros, lo llama usted razón. Cuando los patos silvestres en vuelo adoptan forma de una V, lo llama usted instinto. Cuando los átomos homogéneos de un mineral, moviéndose libremente en una disolución, adoptan formas matemáticamente perfectas, o unas partículas de humedad helada se agrupan en simétricas y bellas formas de copos de nieve, no tiene usted nada que decir. Ni siquiera ha inventado un nombre para disimular su heroica sinrazón.
Moxon estaba hablando con desacostumbrada animación y seriedad. Cuando interrumpió, oí en una habitación contigua un extraño sonido, como si alguien golpeara el tablero de una mesa con la palma de la mano. La habitación en cuestión era el taller de Moxon, un lugar al cual no tenía acceso absolutamente nadie, aparte del dueño de la casa, naturalmente. Moxon oyó también aquel sonido y, visiblemente excitado, se puso en pie y entró con apresuramiento al taller. Me pareció muy raro que pudiera haber alguien en aquel sanctasanctórum, y la curiosidad me impulsó a escuchar atentamente, aunque me satisface poder afirmar que no pegué el oído al ojo de la cerradura. Resonaron unos ruidos confusos, como de lucha; el suelo retembló. Oí una respiración jadeante y un ronco susurro: “¡Maldito seas!”. Luego todo quedó en silencio. En seguida reapareció Moxon y dijo, tratando de sonreír.
-Discúlpeme por haberlo dejado solo. Tengo una máquina ahí que a veces pierde los estribos.
Mirando su mejilla izquierda, cruzada por cuatro arañazos paralelos y ensangrentados, dije:
-Por lo visto esa máquina no se corta las uñas.
Podría haberme ahorrado la chanza; Moxon no me prestó la menor atención. Vovlvió a sentarse y reanudó el interrumpido monólogo como si nada hubiese ocurrido.
-Sin duda no está usted de acuerdo con los que afirman que toda la materia es sensible, que cada átomo es un ser vivo y consciente. Yo, sí. No existe materia muerta, inerte; toda está viva; toda posee instinto y fuerza, real y potencial; toda es sensible a las facultades que residen en organismos superiores con los cuales ha entrado en contacto, como las del hombre, por ejemplo, cuando transforma la materia en un instrumento. La materia absorbe algo de la inteligencia y de la intención del hombre; y la absorbe en mayor grado cuando más compleja es la máquina resultante y el trabajo que realiza.
-¿Recuerda por casualidad la definición de la “vida” de Herbert Spencer? Yo la lei hace treinta años. Y al cabo de tanto tiempo, no encuentro ni una sola palabra que deba ser cambiada, añadida o suprimida con provecho. Continúa pareciéndome no sólo la mejor definición sino la única posible.
“La vida -recitó- es una definida combinación de cambios heterogéneos, simultáneos y sucesivos, relacionados con coexistencias y secuencias externas”
-Eso define el fenómeno -objeté- pero no proporciona ninguna clave para descubrir su causa.
-Y eso es todo lo que puede hacer una definición -replicó Moxon-. Tal como lo señala Mills, lo único que sabemos de la causa es que se trata de un antecedente…, del mismo modo que lo ignoramos todo acerca del efecto, excepto que es una consecuencia. Pero nuestra percepción puede inducirnos a error: alguien que haya visto muchas veces un conejo perseguido por un perro, y no haya visto conejos y perros separadamente, puede creer que el conejo es la causa del perro.
-Pero mucho me temo que me estoy desviando de la cuestión fundamental. Lo que me interesa subrayar es que en la definición de la “vida” de Spencer queda incluída la actividad de una máquina; en la definición no hay nada que no sea aplicable a ella. Según aquel eminente pensador, si un hombre está vivo durante su perído de actividad, también lo está una máquina mientras funciona. En mi calidad de inventor y constructor de máquinas puedo afirmar que es cierto.
Moxon guardó silencio durante largo rato, contemplanado abstraídamente el fuego. Se estaba haciendo tarde y pensé que debía marcharme, pero no me gustaba la idea de dejar a Moxon en aquella casa aislada, completamente solo, a excepción de la presencia de alguna persona acerca de cuya naturaleza mis conjeturas no podíasn llegar más allá del hecho de que se trataba de un ser poco amistoso, quizá maligno. Inclinándome hacia Moxon y mirándolo fijamente a los ojos, al tiempo que señalaba con un ademán la puerta del taller, inquirí:
-Moxon, ¿a quién tiene usted ahí?
Quedé sorprendido al ver que se echaba a reír y respondía sin vacilar:
-A nadie. El incidente que tanto le preocupa ha sido provocado por mi negligencia al dejar funcionando una máquina sin nada en que ocuparse, mientra yo me entregaba a la ímproba tarea de iluminar su entendimiento. ¿Sabe usted por casualidad que la Conciencia es hija del Ritmo?
-¡Oh! No quiero calentarme más los cascos -dije, levantándome y poniéndome el abrigo-. Buenas noches, Moxon. Espero que la máquina que dejó usted inadvertidamente funcionando lleve guantes la próxima vez que crea usted necesario pararla.
Sin detenerme a observar el efecto de mi indirecta, salí de la casa.
Seguía lloviendo y la oscuridad era muy intensa. A lo lejos brillaban débilmente las luces de la ciudad, pero detrás de mí la única claridad visible era la proyectaba una ventana de la casa de Moxon, que correspondía precisamente a su “taller”. Supuse que Moxon había reanudado los estudios interrumpidos por mi visita. Por raras, y hasta cierto punto cómicas, que en aquella época me parecían sus ideas, no podía sustraerme del todo a la sensación de que estaban relacionadas de algún modo trágico con su vida y con su carárcter…, y quizá su destino. Ahora estaba convencido de que sus ideas no eran divagaciones de una mente enferma: las había expuesto de un modo lógico. Recordaba una y otra vez sus últimas palabras: “La Conciencia es hija del Ritmo”. Y cada vez encontraba en ellas un significado más profundo y una nueva sugerencia. Constituían, pensé, una idea base sobre la cual fundar una filosofía. Si la conciencia es producto del ritmo, todas las cosas son conscientes ya que todas tienen movimiento, y todo movimiento es rítmico. Me pregunté si Moxon conocía el significado y la envergadura de su idea, el alcance de aquella trascedental generalización. ¿Acaso había llegado a su fe filosófica por el tortuoso e inseguro camino de la observación?
Aquella fe era entonces nueva para mí, y los alegatos de Moxon no habían conseguido convertirme en un converso; pero de repente tuve la sensación de que brillaba una intensa luz a mi alrededor, como aquella que cayó sobre Saulo de Tarso, y allí en medio de la tormenta, de la soledad y de la oscuridad, experimenté lo que Lewes llama “la infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico”. El conocimiento adquiría para mí un nuevo sentido, una nueva dimensión. Mis pies apenas parecían tocar la tierra, unas alas invisibles parecían levantarme del suelo y conducirme a través del aire.
Cediendo al impulso de obtener mas luz de aquél a quien ahora reconocía como mi maestro y guía, di media vuelta y, sin saber cómo, me encontré de nuevo ante la puerta de la casa de Moxon. Estaba empapado, pero no sentía ninguna molestia. En mi excitación no se me ocurrió tocar el llamador: me limité a hacer girar el pomo de la puerta; poco después penetraba otra vez en la habitación de la cual había salido momentos antes. Todo estaba oscuro y silencioso; tal como había supuesto. Moxon se hallaba en la habitación contigua: “el taller”. Anduve a lo largo de la pared hasta que encontré la puerta de comunicación y llamé varias veces sin obtener respuesta, cosa que atribuí al creciente ruido de la tormenta. El viento rugía con furia y la lluvia repiqueteaba incesantemente contra las ventanas.
Nunca había sido invitado a entrar al taller; en realidad, me había sido negada la entrada a él, como todos los demás, con una sola excepción; la de un hábil metalúrgico, del cual nadie sabía nada, excepto que se llamaba Halley y que era silencioso por naturaleza. Pero, en mi exaltación espiritual, olvidé la discreción y los buenos modales y abrí la puerta. Lo que vi me arrancó bruscamente de mis especulaciones filosóficas.
Moxon estaba sentado de cara a la puerta en el extremo de una mesita sobre la cual una sola vela proyectaba toda la luz que había en el cuarto. Enfrente de él, dándome la espalda, había otra persona. Sobre la mesa, entre los dos, vi un tablero de ajedrez, pero al ver muy pocas piezas sobre el tablero comprendí que la partida estaba terminando. Moxon mostraba un profundo interés.., no tanto, según me pareció, en el juego como en su adversario, sobre el cual había fijado una mirada tan intensa que, a pesar de encontrarme directamente en línea con su campo visual, no advirtió mi presencia. Su rostro estaba mortalmente pálido, y sus ojos brillaban como diamantes. A su adversario sólo podía verle la espalda, pero aquello me bastaba; creo que en mi fuero interno no deseaba ver su rostro.
Al parecer no tenía más de cinco pies de estatura, con proporciones que recordaban las de un gorila: una enorme anchura de hombros, un cuello corto y recio, y una cabeza cuadrada con un fez rojo sobre una enmarañada mata de pelo negro. Una túnica, también de color rojo, cubría la parte susperior de su cuerpo y caía sobre el asiento -al parecer una caja- en la cual estaba instalado; las piernas y los pies no eran visibles. Su antebrazo izquierdo parecía reposar sobre su regazo; movía las piezas con la mano derecha, una mano desproporcionadamente larga.
Yo me había apartado ligeramente a un lado del umbral; si Moxon miraba ahora más allá del rostro de su adversario no vería nada, excepto que la puerta estaba abierta. Algo me impedía entrar o retirarme, una extraña sensación de que me encontraba en presencia de una inminente tragedia y podía ayudar a mi amigo si me quedaba. Sin apenas revelarme contra la indelicadeza de la acción, me quedé.
El juego era rápido. Moxon apenas miraba el tablero antes de efectuar sus movimientos, los cuales era rápidos y nerviosos. Su adversario, en cambio, movía las piezas de un modo lento, uniforme, casi mecánico. Era un espectáculo enervante, y me estremecí. Pero no hay que olvidar que estaba empapado y tenía frío.
Dos o tres veces, después de mover una pieza, el desconocido inclinó levemente la cabeza, y cada vez observé que Moxon levantaba su rey. De repente se me ocurrío la idea de que el hombre era mudo. Y luego la de que era un máquina: ¡un autómata jugador de ajedrez! Entonces recordé que Moxon me había hablado en cierta ocasión que había inventado un mecanismo de aquella naturaleza, aunque no entendí que lo hubiese construído ya. Lo que Moxon había dicho acerca de la conciencia y la inteligencia de las máquinas, ¿era simplemente un preludio a una eventual exhibición de aquel artilugio…, un simple truco para aumentar el efecto de su acción mecánica sobre mí, en mi ignoracia de su secreto?
¡Un bello final, éste, de todos mis transportes intelectuales, de mi “infinita variedad y excitación del pensamiento filosófico”! Estaba a punto de retirarme, disgustado, cuando sucedió algo que retuvo mi atención. Observé que la cosa encongía sus anchos hombros como si estuviese irritada y aquel movimiento fue tan natural -tan enteramente humano-, que quedé desconcertado. Y aquello no fue todo, ya que un momento después golpeó fuertemente la mesa con el puño cerrado. Ante aquel gesto, Moxon pareció incluso más desconcertado que yo: empujó su silla ligeramente hacia atrás, como alarmado.
Súbitamente, Moxon levantó una mano armada de una pieza sobre el tablero y la dejó caer exclamando: ¡”Jaque mate”!, al tiempo que se ponía rápidamente en pie y se colocaba detrás de su silla. El autómata continuó sentado, inmóvil.
El viento había amainado ahora, pero oí, a intervalos cada vez más cortos, el retumbar del trueno. Y, mezclado con él, una especie de zumbido que parecía proceder del cuerpo del autómata, como si el mecanismo que lo gobernaba se hubiera desquiciado… No me quedó tiempo para hacer demasiadas conjeturas, ya que mi atención se vio atraída por los extraños movimientos del autómata. Una leve, pero contínua convulsión parecía haberse apoderado de él. Su cuerpo y su cabeza se estremecían como los de un hombre atacado de epilepsia, y el movimiento aumentaba en intensidad hasta que toda la figura se encontró violentamente agitada. Bruscamente se puso de pie, derribando la mesa, y extendió los dos brazos hacia adelante, asumiendo la postura de un nadador a punto de lanzarse al agua. Moxon trató de retroceder, pero era demasiado tarde: vi las manos de la horrible cosa cerrarse alrededor de la garganta de mi amigo, unos segundos antes de que la vela, que se había caído al suelo al volcarse la mesa, se apagara, dejando la habitación a oscuras. Pero el ruido de la lucha era claramente audible, y lo más terrible de todo eran los roncos estertores de Moxon en sus desesperados esfuerzos por respirar. Guiado por el infernal ruido, traté de acudir en ayuda de mi amigo, pero apenas había dado un paso en medio de la oscuridad cuando la habitación quedó iluminada por una cegadora claridad que imprimió en mi cerebro, en mi corazón y en mi recuerdo un vívido cuadro de los combatientes caídos en el suelo. Moxon debajo, con la garganta apresada aún por aquellas manos de hierro, los ojos afuera de la órbitas, la boca abierta, la lengua afuera. Y -¡horrible contraste!- en el pintado rostro de su asesino, una expresión de tranquilo y profundo meditar, como en la solución de un problema de ajedrez… Un instante después todo fue oscuridad… y silencio en mi cerebro.
Tres días después recobré el conocimiento en un hospital. Cuando el recuerdo de aquella trágica noche penetró lentamente en mi cerebro, reconocí en el hombre que me atendía al obrero metalúrgico que había trabajado para Moxon, Halley. Respondiendo a una mirada se acercó sonriendo.
-Cuentemélo todo -conseguí decir, con voz débil-. Absolutamente todo.
-Desde luego -dijo Halley-. Le trajeron a usted aquí inconsciente, desde una casa incendiada, la de Moxon. Nadie sabe por qué estaba usted allí. Tendrá que dar una pequeña explicación. El origen del fuego es también un misterio. Mi opinión personal es que la casa fue alcanzada por un rayo.
-¿Y Moxon?
-Lo enterraron ayer…Es decir, lo que quedaba de él.
Al parecer, aquel hombre tan silencioso en ocasiones, sabía mostrarse amable y comunicativo con un enfermo. Transcurridos unos instantes, me aventuré a formular otra pregunta:
-¿Quién me rescató?
-Bueno, si le interesa saberlo… fui yo.
-Gracias, Mr. Halley, y que Dios lo bendiga por ello. ¿Rescató usted también a aquel fascinante producto de su habilidad, el autómata jugador de ajedrez que asesinó a su inventor?
El hombre quedó silencioso un largo rato, sin mirarme. Finalmente se volvió y dijo:
-¿Está usted enterado de eso?
-Desde luego -asentí-. Lo vi estrangular a Moxon.
Todo esto ocurrió hace muchos años. Si me preguntaran hoy, mi respuesta sería menos categórica.


Ambrose Gwinett Bierce

jueves, 9 de febrero de 2012

EL REGRESO DE OSIRIS de CONTRERAS ALBERTO

(Nota en preparacion, a completar)
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En el diario CLARIN, entre 1973 y 1979, se publicaba diariamente EL REGRESO DE OSIRIS, en la pagina de historietas, en el lugar mas alto (donde luego se publico El Loco Chavez, El Negro Blanco y otras que tenian -y tienen- la particluaridad de presentar a sus personajes dibujados mucho mas humanos que el resto de las tiras de la pagina, lo que les da una atraccion especial, separando y destacando a esta de aquellas otras)
La tira encuadra en el ambito de la Ciencia Ficcion, con notables argumentos ecologistas, morales, religiosos y cataclismicos (apocalipticos)



Lo interesante, es q el dibujante era TdJ, y sus textos LO DENOTAN.
Que quiero decir con esto?
Que un historietista predicaba su creencia desde el mas vendido de los diarios argentinos.